martes, 21 de octubre de 2014

Abuelas cumple 37 años: cómo sigue la lucha después del aluvión

POR MANUEL BARRIENTOS

S
e disparó un aluvión de gente que viene al organismo buscando su verdadera identidad o se acerca para aportar una denuncia de algún caso de apropiación”, explica Abel Madariaga, el secretario general de Abuelas de Plaza de Mayo, sobre el fenómeno que se produjo luego de las restituciones en agosto último de Ignacio Guido Montoya Carlotto y Ana Libertad Baratti de la Cuadra.
Desde la institución aportan un número contundente: recibieron 4.900 correos electrónicos con interrogantes o denuncias. Ahora es el momento de procesar y sistematizar toda la información recibida, seguir líneas de investigación y avanzar en la resolución de nuevos casos. Aún quedan 385 jóvenes que fueron apropiados durante la última dictadura y no conocen su verdadera identidad.
“Mi sentimiento es que todo este fenómeno que se desató tiene que generar la restitución de un par de nietos más, porque nunca habíamos visto una reacción social tan fuerte y tan positiva”, explica Madariaga, quien pudo encontrarse en febrero de 2010 con Francisco, el hijo que había tenido con Silvia Quintela, quien continúa desaparecida desde 1977.
Con respecto a las nuevas (o no) estrategias que desarrollará la institución para lograr las próximas restituciones, una de las claves debe leerse en la última campaña televisiva masiva. El spot muestra a una joven con su madre en el consultorio médico y a una pequeña hija en brazos. La médica la consulta por los antecedentes familiares y la abuela responde con rápidos “no”. La joven, sin embargo, recuerda: “Papá es diabético”. Con gestos de intranquilidad, la abuela pregunta sobre la importancia que puedan llegar a tener esos datos. “Para el bebé es fundamental”, manifiesta con certeza la pediatra. Entre la ahora supuesta madre e hija se cruzan miradas de preocupación. “No le dejes a tu hijo la herencia de la duda: resolvé tu identidad ahora”, cierra la publicidad. Así, explicita que los jóvenes apropiados ya tienen entre 34 y 39 años y muchos de ellos hoy pueden ser padres o madres. De este modo, una vida atravesada por la mentira no sólo los afecta individualmente sino también a sus propios hijos.
“Es una campaña que seguirá vigente y que tenemos que lograr instalar de forma masiva”, ratifica Madariaga. Desde el organismo recuerdan que, desde hace años, trabajan en los jardines de infantes y en las escuelas primarias. Junto al Ministerio de Educación de la Nación han elaborado el proyecto “Las Abuelas nos cuentan”, una colección integrada por videos audiovisuales y ocho libros de cuentos de nueve autores, un cuadernillo para el docente para el nivel inicial y uno para el nivel primario. “Buscamos que los hijos consulten a sus padres apropiados sobre su verdadera identidad y los motiven a acercarse a Abuelas y hacerse el análisis de ADN”, explican.
Otra línea de trabajo que se corroboró con la restitución del nieto de Estela de Carlotto radica en que los jóvenes apropiados no viven sólo en la Ciudad de Buenos Aires o en otros grandes centros urbanos, sino en pueblos y ciudades de las distintas provincias argentinas (Ignacio Guido Montoya Carlotto fue criado en el campo y desarrolló su adolescencia y adultez en Olavarría) o en el exterior del país (como en el caso de Ana Libertad). 
Con filiales en Córdoba, Rosario, Mar del Plata, La Plata y Ayacucho, hace una década los equipos técnicos de las Abuelas de Plaza de Mayo y los de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) organizaron la Red por la Identidad, que suma nodos en treinta ciudades, desde Ushuaia a San Salvador de Jujuy. También tiene puntos de apoyo en España e Italia. “Para llegar a todo el país son fundamentales las publicidades en la televisión abierta, porque continúan siendo las estrategias verdaderamente masivas y que permiten llegar a los pequeños pueblos de todo el país”, indica Madariaga.
En ese sentido, reconoce que el “aluvión” generado por la restitución de Guido estuvo precedido por una instalación muy fuerte de la lucha de Abuelas a partir de los spots que protagonizaron Lionel Messi, Javier Mascherano y Ezequiel Lavezzi durante el último Mundial de Fútbol de Brasil. “Ya se venían acercando muchos jóvenes, porque fue increíble la ayuda que nos brindó la Selección”, dice.
Estas campañas masivas también se enlazan -y deben ligarse- a otras estrategias focalizadas. Madariaga entiende que debe avanzarse con publicidades gráficas en las revistas institucionales de las fuerzas armadas y de seguridad, ya que buena parte de los apropiadores forman (o formaron) parte de esas instituciones y, por tanto, los jóvenes buscados pueden haber seguido esas carreras.
Si algunos titulares indicaban que, con la restitución de Guido Montoya Carlotto, “Abuela de Plaza de Mayo culmina su lucha” queda claro que el organismo aún tiene 386 motivaciones para continuar con el trabajo que comenzó hace 37 años. Y múltiples estrategias para avanzar con la búsqueda.
(publicada en la revista Debate, septiembre de 2014)

miércoles, 15 de octubre de 2014

Juan Carlos Torre: “En el peronismo hay un alma permanente y un corazón contingente”

Torre acaba de publicar Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo como parte de su larga obra de estudio de este movimiento político. El kirchnerismo se incorpora a la mesa de este ámbito de investigación social.




 Por Manuel Barrientos

–Recién, antes de comenzar la entrevista, usted contaba que desde hace muchos años busca “desembarazarse” de sus estudios sobre el peronismo para poder abocarse a otras temáticas. ¿Por qué, sin embargo, el peronismo ejerce esa atracción que obliga a repensarlo una y otra vez, como lo demuestra la reciente publicación de su libro Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo?
–Durante un tiempo, me dediqué al estudio del peronismo porque era “el” tema de la agenda de la sociología impulsada por Gino Germani dentro de la que me formé. Entonces, todas las preguntas giraban acerca de las condiciones del surgimiento de ese movimiento político que dividió en dos la historia política de la Argentina contemporánea. Como parte de la generación de sociólogos formada en los años sesenta, me ocupé de esa temática centrándome en la relación entre trabajadores, sindicatos y peronismo. Actualmente, hay nuevas camadas de investigadores que han incursionado en el estudio de los años clásicos del peronismo, me refiero al período 1945-1955. Gracias a ellas se ha avanzado en la exploración de aspectos que habíamos dejado de lado porque eran otras las preguntas que teníamos. Me refiero a aspectos que tienen que ver con la penetración del peronismo en las provincias y las políticas públicas y cambios sociales en los que se plasmó esa experiencia histórica.
–¿Esos nuevos trabajos lo han ayudado a repensar su obra?
–Quizá no soy muy justo con sus contribuciones, pero en líneas generales diría que no me han llevado a revisar la clave interpretativa en torno de la que formulé mi propia visión de la naturaleza del fenómeno político gestado en la decisiva coyuntura de 1945.
–¿Cómo describiría esa clave interpretativa?
–Por medio de ella he querido llamar la atención sobre un fenómeno de duraderas consecuencias, el sobredimensionamiento del lugar político ocupado por los trabajadores dentro del movimiento peronista. Es verdad que en los años cuarenta era previsible el mayor protagonismo del mundo del trabajo en una Argentina más industrial y urbana. Pero las contingencias de la vida política ampliaron su gravitación hasta el punto en que el propio peronismo terminó él mismo transformado. Señalo al respecto que el peronismo tal como fue concebido originalmente por Perón fue muy distinto del que finalmente resultó.
–¿En qué sentido fue modificado ese proyecto inicial?
–Tal como fue concebido en los tramos iniciales de la aparición de Perón en la vida pública, el peronismo era mucho más ecuménico, más abarcador, era el eje vertebrador de una gran coalición que reuniera vastos sectores de la nueva sociedad gestada al compás de las transformaciones de la época. Sin embargo, las vicisitudes de la coyuntura política, condensadas en la jornada del 17 de Octubre, le dieron un sesgo más obrerista. Puede decirse que, en su ambición, el peronismo se parecía a otros tantos movimientos nacionales y populares que se conocieron en América latina en los años 1940 y 1950, pero que se singulariza en ese universo por el peso formidable que tuvo la participación obrera organizada. De allí que la empresa política de Perón, que se proponía poner al país al abrigo de la agudización de la lucha de clases –un desenlace esperable si el Estado permanecía alejado, indiferente, a las cuestiones del trabajo–, terminó creando las condiciones políticas para la intensificación a posteriori del conflicto social.
–Usted señala que el peronismo original terminó siendo diferente del que se expresó luego con Perón en la presidencia. En ese sentido, podría decirse que ese proyecto inicial se pensaba como un movimiento más similar al del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México, en tanto amalgama de múltiples fuerzas sociales y políticas. ¿Qué similitudes y diferencias encuentra, tanto en su surgimiento como en su devenir posterior, entre ambos movimientos que hoy están en el poder en sus respectivos países?
–En primer lugar, el PRI es más incluyente de lo que terminó siendo el peronismo. Como dije, el peronismo inicial se proponía como una gran coalición social y política que, con eje en el Ejército y la Iglesia, aglutinara a las principales fuerzas sociales. La convocatoria de Perón no tuvo el alcance que esperaba. El mundo de los negocios no se avino a la propuesta de Perón de que era mejor sacrificar el 35 por ciento de sus privilegios a correr el riesgo de perder el ciento por ciento en un futuro cercano y cerró filas contra una política que ampliaba los derechos del mundo del trabajo. El PRI mexicano logró, en cambio, una gran amalgama de trabajadores, campesinos e, inclusive, de sectores empresarios. Por otra parte, la centralidad del liderazgo de Perón no tuvo correlatos en la trayectoria política del PRI.
–¿Cómo inciden esas diferencias en sus puntos de partida en sus respectivos desarrollos históricos?
–El PRI fue el fruto del acuerdo concertado por la clase política que hizo la revolución mexicana, la cual, para poner fin a la violencia suicida desatada en sus filas por los liderazgos en disputa, decidió hacer un pacto que reguló la sucesión en el poder. El peronismo, en cambio, nunca logró resolver el problema de la sucesión porque fue la obra de un hombre. Este es el segundo e importante contraste, porque el peronismo es un movimiento con un fuerte liderazgo personalista y el PRI es una máquina política articulada a partir de una regla clara de sucesión. Pasando ahora a sus semejanzas, diría, en primer lugar, que ambos movimientos tienen en común un fuerte arraigo popular. En segundo lugar, otra de las semejanzas es su gran ductilidad ideológica. Tantos años en la gestión del gobierno de México le dieron al PRI la cintura necesaria para saber cambiar el paso cuando se modificaban las circunstancias históricas. A lo largo de su trayectoria, el peronismo ha sabido también cambiar el paso frente a los desafíos nuevos que le puso la contingencia histórica. Perón fue el primero en acomodarse a las circunstancias cuando, sobre el final de su segunda presidencia, estuvo dispuesto a archivar su retórica nacionalista para abrir el país a las empresas petroleras extranjeras. Sus sucesores tendrían un espejo en el que justificar sus virajes. En un caso y en el otro, sobre el telón de fondo de ciertos principios generales muy vagos, que admiten interpretaciones coyunturales, los virajes han estado a la orden del día. Es decir, en algún momento, la lealtad al PRI equivalía a estar en contra del mercado y en otros estar a favor. Desde el retorno democrático en 1983, el peronismo en el gobierno supo conjugar el verbo del mercado y el verbo del Estado. En definitiva, esta ductilidad en materia de políticas ha convertido a ambos movimientos en un partido de todas las estaciones.
–Entre sus contribuciones se destaca el intento de calibrar la verdadera dimensión de los aportes de la vieja guardia sindical en el surgimiento del peronismo. En esa línea, usted destacó además sus dificultades para producir una agenda propia con Perón en el poder.
–En el momento de la irrupción de Perón existía una clase dirigente sindical que respondió a su convocatoria, y sirvió en un comienzo para hacer de puente entre el jefe militar y el mundo del trabajo en expansión, a la vez que ofreció sus capacidades en materia de organización a los nuevos obreros. Sectores de esa vieja guardia sindical pretendieron actuar con cierta autonomía con respecto al emergente líder popular. Fue un intento que no tuvo mucho alcance, porque, en rigor, bien pronto sus seguidores respondían más a Perón que a esos dirigentes. En esas circunstancias, la bandera de la independencia política perdió sustento porque significaba quedarse fuera de la gran fiesta que se estaba montando con Perón en el gobierno. Solo un puñado de ellos mantuvo una actitud de rebelión, pero conocieron muy rápidamente el ostracismo. Ahora bien, si puede decirse que en términos políticos el proyecto laborista terminó en un fracaso, con una perspectiva de más largo plazo de esa experiencia quedó algo muy importante: un movimiento obrero que mantuvo una personalidad diferenciada dentro del vasto movimiento reunido alrededor del liderazgo de Perón. Y esa personalidad diferenciada, a la que Perón debió darle un lugar también distintivo al crear la rama sindical, va a acompañar de allí en más al movimiento peronista, hasta convertirse, en los años oscuros de la proscripción, en la columna vertebral del peronismo. Es difícil encontrar movimientos en América latina de perfiles parecidos al peronismo que tengan que convivir con una vertiente sindical tan consistente. Y que además sea una fuente de conflicto sobre la conducción de esos mismos movimientos.
–Precisamente, muchas veces se ha reiterado ese conflicto entre los líderes sindicalistas y los dirigentes peronistas que están en el gobierno. ¿Por qué, sin embargo, nunca se terminó de consolidar un partido sindical o laborista?
–En realidad, deberíamos preguntarnos por qué las fuerzas peronistas no se amalgamaron en una unidad y por qué, a lo largo de su historia, fueron el ámbito de sectores sociopolíticos diferenciados. Es decir, la ideología peronista que recubrió a todo ese gran movimiento no tuvo, a mi juicio, una densidad tal que los reconvirtiera a unos y a otros en algo distinto de lo que eran. De modo que vamos a tener sindicalistas peronistas, políticos peronistas, jóvenes peronistas, pero cada uno reteniendo una identidad propia. Así, el peronismo se ha convertido más en un adjetivo que en un sustantivo. Y, a la vez, eso explica la recurrencia con la que los distintos sustantivos reunidos bajo las banderas del peronismo confrontan entre sí. O sea, no es que el peronismo no se volvió un laborismo, sino que tampoco se volvió un movimiento político unificado. El peronismo mantuvo un estado de no fusión de las distintas vertientes que supo congregar. A lo largo del tiempo, eso ha sido un ámbito de conflictos sobre la identidad del movimiento: por ejemplo en los setenta, cuando se esbozó un peronismo socialista, o como ocurrió más de una vez en la puja entre dirigentes políticos y dirigentes sindicales.
–¿Usted consideraría al peronismo como una suerte de amalgama o trama que no dota de una identidad fuerte a sus partes?
–El peronismo no es un comunismo. La densidad ideológica y cultural de los movimientos comunistas es muy intensa: se podría decir que los que entran al comunismo se vuelven comunistas, cualesquiera sean sus marcas de origen. Pero los que entran al peronismo siguen siendo lo que eran antes de su ingreso. Como esos principios de identidad previos no se borronean o caducan, existe siempre en las filas del peronismo un estado de efervescencia que tiene con frecuencia mucho que ver con esos orígenes diversos nunca cancelados. Hace poco Hugo Moyano se hizo eco de ese estado de cosas al proclamar, frente a una presidente elegida por el peronismo, que llegará el momento en que sea un dirigente obrero quien acceda a la presidencia en nombre del peronismo.
–Pocas semanas atrás, un gobernador peronista me planteaba que la sucesión iba a venir del propio peronismo, porque los obstáculos que hay que sortear para sobrevivir dentro de ese movimiento generan ciertas aptitudes para sobrevivir luego en el mapa más amplio de la política argentina.
–Por supuesto que sí. Sin embargo, para que esa competencia se resuelva con una alternancia a partir del propio peronismo, la oposición debe continuar en este estado de bancarrota en el que se encuentra. Ciertas veces, el litigio dentro del peronismo abre la puerta a una irresponsable división de sus filas. En 1999, por ejemplo, asistimos a una derrota autoinfligida a causa de las rivalidades entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde. No fue un triunfo de la Alianza. Hoy en día estos juegos están habilitados por el escaso peso electoral de la oposición. Pero si sigue tirando demasiado de la cuerda, no hay que descartar sustos políticos, porque en los últimos tiempos se han estado incubando fracturas importantes dentro del peronismo.
–¿Por qué podría suceder eso?
–Uno podría decir que en el peronismo hay un alma permanente y un corazón contingente. El alma permanente está alimentada por principios rectores que hacen a los valores tradicionales del peronismo, como el nacionalismo, el estatismo, la justicia social, la protección social... Sobre ese telón de fondo, la conducción del peronismo se sintoniza con el clima de época bajo la inspiración de su corazón contingente. Sea porque ese clima de época se eclipsa, sea porque se cometen errores políticos, la estrella de ese peronismo contingente puede perder su brillo. En estas condiciones, se activan los reflejos del peronismo permanente para ofrecer una nueva oferta a fin de continuar en carrera y seguir siendo el partido predominante en Argentina. Tengo la impresión de que en la actualidad estamos asistiendo a los prolegómenos de este ciclo peronista. Ya ocurrió con el menemismo, que fue el perfil del peronismo contingente gestado en el contexto de la hiperinflación de 1989. Hoy el kirchnerismo, que es el perfil del peronismo contingente surgido de la hecatombe económica y política de 2001, está siendo confrontado con una oposición desde adentro de las filas del propio movimiento. A la vista del panorama que tenemos por delante, cabe preguntarse por el legado de casi una década de gobierno con el signo K. Ya sabemos que las consignas por mercado de la temporada menemista se diluyeron sin dejar huellas. Qué decir de las capacidades de este nuevo peronismo contingente de inspiración kirchnerista para perdurar más allá de la oportunidad histórica que supo aprovechar. Tomemos un ejemplo: la versión K de los derechos humanos y uno de sus emblema, Hebe de Bonafini. Al respecto, recuerdo un incidente en la campaña electoral con vistas a las elecciones de 1983: en un acto en la cancha de Atlanta organizado por el PJ, las Madres de Plaza de Mayo debieron retirarse en medio de la hostilidad de los que asistían y que veían en los retratos de los desaparecidos el rostro de los infiltrados condenados en su momento por Perón. En un movimiento en el que los conflictos políticos del pasado conservan la vitalidad de siempre, nos lo ha recordado hace poco la reapertura del dossier del asesinato de José Ignacio Rucci. No sería una sorpresa que el eventual retorno del peronismo permanente ponga en cuestión la versión kirchnerista de los derechos humanos.
–¿Por qué muchas experiencias, desde el retorno de la democracia hasta la fecha, intentaron proponerse como una suerte de “superación” del peronismo? Me refiero, por ejemplo, al cafierismo o el menemismo.
–No creo que haya habido en esas experiencias una voluntad de superar al peronismo. En realidad, una y otra buscaron recrear al peronismo y ponerlo en sintonía con el momento histórico de la época: la llamada renovación peronista con Antonio Cafiero a la cabeza, para hacer del peronismo un movimiento con una dinámica política de corte democrático y disputarle esa bandera al radicalismo; la experiencia de Carlos Menem, para gestionar desde el peronismo los vientos del neoliberalismo. El peronismo se recrea de forma permanente para estar a la altura de los tiempos. Uno de los problemas que enfrentan los partidos políticos es la coherencia.
–¿En qué sentido?
–Un partido demasiado coherente está condenado muchas veces a dejar pasar su cuarto de hora. Los partidos deben tener, preservando un núcleo duro de lealtades, la cintura suficiente que les permita ofrecer una oferta electoral competitiva. Es decir, deben poder capturar las demandas que están en la agenda de época a los efectos de sumar a su electorado propio otras fuerzas que le brinden el plus necesario para prevalecer electoralmente. Para eso, se requiere una buena dosis de agnosticismo en materia de políticas; en otras palabras, una gran flexibilidad para, como dije, saber cambiar el paso.
–De ese modo, ¿lo que usted señala como un “posperonismo” para designar el proyecto kirchnerista sería, en realidad, un nuevo peronismo?
–A falta de palabras mejores, cuando hablo de un posperonismo me refiero a la promesa de un peronismo nuevo en su orientación ideal y en su contextura, que fue alumbrada como proyecto por Néstor Kirchner en 2005, cuando señaló que el ciclo histórico del peronismo tal como lo conocíamos hasta entonces estaba acabado. Menem no trató de hacer otro peronismo: se limitó a hacer un viraje en sus políticas públicas y no buscó transformar la dirección y la trama de sus instrumentos de acción. Me parece que ahora sí existe la intención de superar al peronismo. Adonde antes teníamos al movimiento obrero y la liga de gobernadores, ahora tenemos a Unidos y Organizados, los movimientos sociales y la juventud camporista, que son la expresión de la tentativa de regenerar las ramas secas del pejotismo y de la burocracia sindical. En el contexto de una oposición institucional debilitada, lo que tenemos en el centro de la vida pública es la ambición de este proyecto posperonista y la reacción previsible de ese peronismo permanente, custodio de las veinte verdades enunciadas por Perón, que se resiste a entrar en la historia.
–¿La ruptura del kirchnerismo primero con el duhaldismo y ahora con el moyanismo debe interpretarse en esa línea?
–Tengo esa impresión. Cuando observamos los nombres de los que están haciendo banco en las filas del peronismo, hay figuras que no ven con ojos entusiastas este proyecto posperonista, que amenaza con prolongar su marginación política y están esperando su turno para rescatar el sello justicialista y ponerlo a salvo de las vicisitudes de la experiencia K. Aquí, en este escenario, se está jugando el campeonato del futuro político inmediato del país.
–Al principio de la entrevista estableció ciertas similitudes y diferencias entre el peronismo y el PRI. ¿Considera que el peronismo podría convertirse en una maquinaria electoral que supere las tensiones que están a la orden del día y regule su propia sucesión similar al PRI, ya ahora a casi cuatro décadas de la muerte de su líder y fundador?
–No tengo ni idea. Estamos ante una caja de Pandora: nos sorprende siempre.

¿POR QUE JUAN CARLOS TORRE?

El oficio del peronólogo


“Uno de mis esfuerzos es desembarazarme del peronólogo y dedicarme a otros entusiasmos. Pero debo confesar que no soy muy disciplinado y de tanto en tanto vuelvo con una frase o con un libro sobre estas temáticas”, señala Juan Carlos Torre antes de comenzar la entrevista. Graduado en la Universidad de Buenos Aires y doctor en Sociología por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, acaba de dar a conocer Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo (Siglo XXI Editores), en el que reúne una serie de artículos sobre ese movimiento central en la vida política de la Argentina de las últimas siete décadas. Allí, examina los antecedentes de su irrupción y se pregunta por qué no existió un fuerte movimiento obrero socialista en el país; vuelve a indagar en la gestación del vínculo entre trabajadores, sindicatos y la figura de Juan Domingo Perón y analiza el resurgimiento del sindicalismo peronista como grupo de presión autónomo entre 1955 y 1976.
De esta forma, estos textos se suman a otras obras fundamentales como La formación del sindicalismo peronista, La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo. El gigante invertebrado. Los sindicatos en el gobierno, Argentina 1973-1976. También compiló otro libro esencial: Los años peronistas, 1943-1955, el tomo VIII de la colección Nueva historia argentina de la editorial Sudamericana, publicado en 2002.
En su despacho de profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella, destaca que hay nuevas generaciones de investigadores que están trabajando con mucha fuerza sobre temas del peronismo. Y resalta que, en la última década, proliferaron trabajos que avanzan sobre aspectos del peronismo de los años clásicos que aún no habían sido contemplados, como los estudios sobre el desarrollo de este movimiento político en el interior.
Konex de Sociología en 1996 y el Premio Bernardo Houssay a la Trayectoria Científica en 2010, Torre ha sido profesor visitante en diversas instituciones de América latina y Europa, y obtuvo la Beca Guggenheim. Además de sus clásicos sobre el peronismo, escribió El proceso político de las reformas económicas en América latina.

(publicada en el diario Página/12, 21 de enero de 2013)

Salir a asustar

 Por Manuel Barrientos 


A principios del siglo XX el filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel advertía que, en medio de la multitud moderna, la presencia del otro era sentida como amenazante; y que el precepto “sólo puedo ganar perjudicándote” comenzaba a expandirse en las relaciones culturales, sociales y económicas. Más de un siglo después, cada vez más observamos a los “otros” como rivales que complotan contra el normal desenvolvimiento de nuestras vidas cotidianas. A escala global, los inmigrantes en Europa –o los jóvenes pobres en América latina– se transforman en los blancos de esa sensación de inseguridad creciente. Son “pájaros de mal agüero”, como sostiene el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, porque traen el eco del desempleo y la exclusión que podrían llegar a alcanzarnos.
Hoy parece producirse un encerramiento con dos polos. Proliferan los countries, donde las clases medias y altas se refugian de los peligros externos. Al mismo tiempo, crece el número de detenidos en unidades penitenciarias. Pero ese encerramiento –impuesto o autoimpuesto– no hace más que multiplicar la sensación de inseguridad, porque aumenta el desconocimiento de lo que está afuera, de lo que no es igual. Genera un círculo perverso que –en la medida en que los puentes con lo distinto se desploman– se torna cada vez más frenético y tiende a retroalimentarse.
Las sociedades refeudalizadas y privatizadas exigen al “otro” su sacrificio constante y buscan no otorgarle nunca el estatuto de ciudadano pleno. Las políticas sociales universales son desvalorizadas y estigmatizadas, porque es esa integración a medias, precisamente, la que permite someter al “otro” a más y más exigencias: jornadas más extensas, sueldos más bajos, peores condiciones laborales. Los muros permiten al “nosotros construido” no ver el sometimiento que sufre el extraño.
Es necesario estigmatizar al otro, encerrarlo, aislarlo –a través de la xenofobia, la discriminación y la segmentación social– para perpetuar la asimetría y, al mismo tiempo, restaurar la comunidad del “nosotros” en base a esa diferencia. Sentirse parte de una comunidad que expulsa, que lincha, que castiga a lo diferente, aglutina identidades. Como resumía Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, en uno de los discos clave de la música popular argentina de los años noventa: “Salir a asustar te protege más, en esta, la era de la boludez”.
La “solidaridad” se recupera a través de la elección de un enemigo común y habilita la exacerbación mutua contra ese otro que intranquiliza. “El miedo es un sentimiento favorable a los procesos de estigmatización, ya que encontrar ‘el culpable’ objetiva, ‘pone afuera’ el sentimiento. En cierta medida conjuga la incertidumbre concreta en palabras y nombra el objeto de los males”, explica Alicia Entel en su libro La ciudad y los miedos la pasión restauradora.
En esa línea, no se puede perder de vista que aquellos mecanismos que producen incertidumbre e inseguridad son, en general, de tipo global. Y, como recuerda Bauman, permanecen “fuera del alcance de las instituciones políticas existentes y, en especial, fuera del alcance de las autoridades estatales elegidas”. Esa precariedad nos lleva a sentirnos bajo permanente amenaza y genera una sensación de angustia dispersa y difusa.
Todas las acciones parecen concentrarse en el “combate contra la inseguridad”, el único aspecto en el que parece visible que se puede hacer algo. Con la vista en ese reino del ahora que brindan las encuestas, buena parte de la clase política busca sumar “imagen positiva” y apela a la demagogia punitiva. Proclaman que la “presencia” de ese Estado –al que prefieren ausente de la vida económica– debe centrarse en políticas de exclusión: cámaras de vigilancia, construcción de cárceles, más personal policial, aumento de las penas.
La actual lógica de la economía globalizada requiere una “política económica de la incertidumbre”. Exige que los Estados compitan entre sí (bajando impuestos) para captar inversores a través de la liberación del mercado. Así, el verdadero poder –el de las grandes empresas transnacionales– se vuelve opaco, invisible. Y esa política de la incertidumbre, lo sabemos, tiene entre sus pilares la expansión de las brechas de desigualdad: los pobres y los excluidos son los otros de los asustados consumidores. Volvamos a Bauman: “La imagen de los pobres mantiene a raya a los no pobres y, de ese modo, perpetúa su vida de incertidumbre. Los insta a tolerar con resignación esa incesante ‘flexibilización’ del mundo. La visión de los pobres encarcela la imaginación de los no pobres y les ata las manos”. El rostro del otro devuelve la imagen espejada de aquello en lo que se puede caer y termina desgastando la confianza de quienes tienen empleo e ingreso regular.
El grave problema es que esos ciudadanos –que se sienten inseguros y temen por lo que puede sobrevenir– no parecen estar en las mejores condiciones para sumarse a la discusión de los asuntos públicos. “Entretenidos en los miedos coyunturales y en el vivir hoy, no existen demasiadas posibilidades de pensar y desarrollar participativamente estrategias de anticipación y siembra colectiva”, previene Entel.
Se vuelven necesarias, entonces, más (y no menos) políticas de inclusión plena, que garanticen el ejercicio de los derechos económicos, civiles, sociales y culturales, que salten las barreras nacionales y alcancen escalas regionales. Para su planificación y puesta en práctica hace falta seguir fortaleciendo –desde la dirigencia política que se asume del campo popular, las organizaciones sociales y comunitarias, las universidades– aquellos espacios públicos que permitan construir miradas colectivas, globales y de largo plazo.
(publicada en el diario Página/12, 5 de abril de 2014)

Evo Morales busca extender su proceso de cambio

Por Manuel Barrientos y Walter Isaía


Los dos mandatos presidenciales de Evo Morales dotaron a Bolivia de una estabilidad institucional y económica que parecía impensada poco tiempo atrás. En especial, luego de los violentos enfrentamientos que vivió el mandatario con los prefectos opositores de la región de la “Media Luna” en 2008. Y, aún más, si se recuerdan los eclosionados comienzos del siglo XXI, con la guerra del agua del año 2000, la del gas de 2003 y las crisis que desembocaron en las salidas anticipadas del poder de Gonzalo Sánchez de Losada en 2003 y Carlos Mesa en 2005. Sin embargo, Morales se impuso a los obstáculos que enfrentó desde su asunción en 2006 y mantiene altos niveles de popularidad, que permiten estimar que logrará una nueva reelección en los comicios que se celebrarán el 12 de octubre.
“El proyecto masista es una combinación de estatismo nacionalista en la economía y Estado Plurinacional, como diseño institucional que materializa las demandas campesinas e indígenas incorporadas en la nueva Constitución Política en vigencia desde hace cinco años”, resume Fernando Mayorga desde Cochabamba. El director general del Centro de Estudios Superiores Universitarios de la Universidad Mayor de San Simón explica que el Movimiento al Socialismo (MAS) de Morales “ocupa el centro del espacio de discursividad política” porque articula elementos del nacionalismo y el indigenismo y no tiene, por lo pronto, rivales “con aptitud para disputarle esa capacidad articulatoria”.
Evo y su vice Álvaro García Linera encabezan la fórmula del MAS y tienen como principales contrincantes, por derecha, a la fórmula de la Unidad Demócrata (UD), integrada por el empresario Samuel Doria Medina y Ernesto Suárez, un aliado del gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas; y, por centro izquierda, al Movimiento Sin Miedo (MSM), que candidatea al ex alcalde de La Paz, Juan del Granado. También se postulan Fermín Vargas (Partido Verde), un dirigente que se opuso a la construcción de una ruta en el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure (TIPNIS); y el ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga (Democracia Cristiana), quien completó el mandato del ex dictador Hugo Banzer Suárez entre 2001 y 2002.
Como es habitual, la guerra de encuestas recrudeció en los últimos meses. Un sondeo de la empresa Ipsos indica que el apoyo a la gestión de Morales trepa al 73%, mostrando incluso buenos desempeños en regiones tradicionalmente opositoras, como Santa Cruz. La aprobación en La Paz llega al 76%; y en El Alto, al 83%. La revista Tal Cual también ubica a Morales primero, pero con el 38,3%, seguido por Doria Medina con 14%. Aún con estos números menos holgados, el actual presidente ganaría en primera vuelta, ya que para evitar el balotaje necesita del 40% de los votos y una diferencia mayor a diez puntos sobre el segundo o sumar la mitad más uno de los sufragios.
Mónica Oblitas, periodista de Los Tiempos, el diario de mayor tirada en Cochabamba, advierte que los niveles de adhesión del MAS disminuyeron en las últimas encuestas. Por un lado, porque si bien un alto porcentaje de bolivianos se identifica como indígena, Morales hace hincapié en su extracción aymara, y en el norte y sur del país existen otras etnias que no se sienten identificadas, como es el caso de la quechua y la guaraní. “Considero que la relación con las clases medias también ha sufrido un deterioro, sobre todo por las denuncias de corrupción que enfrenta el vicepresidente García Linera”, señala Oblitas.
Pablo Mamani Ramírez es sociólogo y magister en Ciencias Sociales de FLACSO Ecuador. Autor de los libros El Rugir de las Multitudes y Geopolíticas indígenas, entre otros, reconoce que Morales tiene importantes grados de apoyo en ciertos sectores sociales por la estabilidad económica. “Otro factor se debe a que él viene del mundo indígena y la gente lo ve como un “hermano”, pese a sus graves contradicciones, como son los acuerdos y los negocios económicos con los grupos de poder de Santa Cruz”, asevera.

EN FRACCIONES
En las elecciones de diciembre de 2009, Evo Morales logró su primera reelección con el 64%, dejando en el segundo lugar al ex prefecto de Cochabamba Manfred Reyes Villa (Convergencia Nacional), que obtuvo el 24%; y al empresario y siempre-candidato Samuel Doria Medina (Frente Unión Nacional), que reunió el 5%.
Pero Convergencia Nacional se disolvió en los años posteriores y surgieron varios partidos políticos de carácter regional. Algunos de ellos, de tendencia de centro derecha, se nuclearon en el Movimiento Democrático Social (MDS) y luego firmaron un acuerdo electoral con la Unidad Nacional para postular a Doria Medina. Su peso electoral se encuentra, especialmente, en Santa Cruz –la región económica más importante-, cuyo gobernador Rubén Costas es el verdadero líder del MDS.
La novedad parece estar en el campo del centro izquierda. El Movimiento Sin Miedo (MSM) rompió su alianza con el MAS en abril de 2010 y se presentó como una fuerza opositora en el Congreso. “Surgió una postura contraria al oficialismo desde posiciones de izquierda, algo inexistente durante el primer gobierno de Morales”, observa Mayorga. El MSM controla el municipio de La Paz desde hace quince años y su candidato presidencial –Del Granado- fue alcalde entre 1999 y 2010.
Periodista y autor de los libros El pensamiento boliviano sobre los recursos naturales y Pulso de las palabras, Fernando Molina responde a Debate desde La Paz: “No es posible descartar que la oposición logre reequilibrar el juego, pero tal cosa sería una hazaña. No sólo por la popularidad de la candidatura oficialista, aupada por diez años de crecimiento económico, sino porque el MAS va a concurrir a las elecciones respaldado por el Estado, por todo su peso económico, comunicacional y de movilización política”.
Molina considera que, luego de la resistencia que encontraba el gobierno de Morales en la región de la Media Luna, que se debió sobre todo a la pérdida del poder por parte de las élites tradicionales mayormente radicadas en Santa Cruz, esta región ha quedado bajo la hegemonía masista. “Hoy su candidato es Morales, promesa de que la fiesta no será interrumpida por la inestabilidad política que seguramente traería un alejamiento del MAS del poder”, indica.
Por su parte, Mamani cree que las chances de la oposición se centran en las elecciones regionales y no a escala nacional. El sociólogo alteño pone el foco sobre la lucha de egos entre los políticos opositores: “La llamada oposición es un mundo de murallas entre sí porque pelean por ser candidatos. La vieja derecha tiene semidioses y cada uno quiere erigirse como un verdadero Dios. En el fondo, sus propuestas no tienen referencia a los nuevos tiempos”.
La oposición busca sacar rédito con sus críticas al supuesto “estilo autoritario” de Morales en la conducción del gobierno, la ausencia de “pluralismo” y a la escasa vigencia del “estado de derecho”. Desde el MSM critican la orientación extractivista del modelo económico implementado en 2006, porque supone una “traición” a las demandas indígenas. Con buena imagen luego de su paso por la alcaldía de La Paz, Del Granado también apunta a la baja calidad en la gestión pública nacional.
Otros de los ejes de la campaña opositora pasa por el modo en que Morales y García Linera lograron la posibilidad de presentarse a un nuevo mandato. Si bien la Carta Magna de 2009 habilita una sola reelección, un fallo del Tribunal Constitucional interpretó que el primer mandato de Morales transcurrió durante la república y no bajo el nuevo estado plurinacional. Por tanto, no debe computarse y Evo busca “sólo” a su primera reelección.

INFORME DE GESTIÓN
Luego de la reunión del G77 + China que se realizó en junio último en Cochabamba, la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcena, sostuvo que la economía boliviana “sigue siendo muy dinámica” y subrayó que ese país tiene las reservas internacionales más altas por persona de la región, un bajo endeudamiento público y un desempeño “muy prudente” de la macroeconomía.
“Es un momento histórico muy curioso, porque es de gran consenso y estabilidad. El proyecto del MAS es hegemónico. Se trata de un modelo de ‘bienestar insostenible’, que vive del boom de las materias primas, la consiguiente liquidez de la economía nacional, el aumento exponencial del gasto público y, por tanto, la dinamización del producto interno”, critica Molina. El periodista paceño manifiesta que el bienestar experimentado en los últimos años depende del entorno internacional y de la habilidad del Ministerio de Economía para enfrentar la mengua de los flujos financieros que puede darse a largo plazo. “Sólo que en este momento nadie piensa en el largo plazo. Vivimos en una suerte de ‘fiesta’ que todos quieren disfrutar. Tampoco la oposición propone parar la música; su oferta es lograr que quienes la pasen bien no sean los de ahora, sino los más pobres y los ciudadanos sin vinculación corporativa, los que por razón de su pobreza o por no pertenecer a las organizaciones galvanizadas por el MAS, han quedado hasta ahora fuera de la sala de baile”, indica.
Con una proyección de crecimiento para 2014 de 5,5%, durante el gobierno del MAS se registró un salto en la inversión extranjera directa: en 2013 fue de 2.030 millones de dólares frente a los 1.300 millones de 2008. En la última década, desde la Masacre de Octubre, cuando la sociedad boliviana se lanzó a las calles para defender el gas, cuestionar la legitimidad de Gonzalo Sánchez de Lozada y llamar a elecciones anticipadas, el crecimiento económico trepó del 2,7% en 2003 al 6,6% en 2013. El PIB estimado para este año ronda los US$ 32.000 millones, lo que cuadruplica la cifra que se tenía hace casi ocho años.
La nacionalización de una veintena de empresas desde 2006 le dio al Estado boliviano el control del 38% de la economía del país. El proceso de nacionalización de sectores como el de hidrocarburos, minería, electricidad y de servicios permitió que el gobierno pueda contar con los recursos para aplicar el “Nuevo Modelo Económico, Social, Comunitario y Productivo” e hicieron posible la implementación de múltiples programas sociales. En cuanto al desempleo, el FMI estima que este año la tasa se quedará en 6,3% de la población activa, un punto porcentual menos que 2013, y en 2015 se situará en 6,2%.
Las políticas sociales se desdoblan en diferentes programas. En el marco educativo, se destacan el Bono “Juancito Pinto”, ejecutado desde 2006, que tiene como objetivos incrementar la matrícula y reducir la deserción, así como disminuir la transmisión intergeneracional de la pobreza, y alcanza a 1.951.385 personas. También tienen un buen impacto el Desayuno Escolar y el Programa de Alfabetización a Adultos. El ámbito de la salud se aborda desde el Bono Juana Azurduy de Padilla, un ingreso a las madres embarazadas y al hijo, que perciben 1.046.215 de personas. Este programa logró disminuir la extrema pobreza, la mortalidad materna infantil e incentivar la asistencia de los niños y niñas a las escuelas. En cuanto a los programas de ingreso, se destacan el de seguridad social de largo plazo conocido como “Renta Dignidad” y la disminución en las tarifas de servicios.
El último informe anual del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) resaltó los avances en materia de desarrollo social, con la disminución de las tasas de pobreza y, en especial, de indigencia, mediante los mecanismos de redistribución de la riqueza como bonos y rentas. Según datos oficiales, la pobreza moderada en Bolivia llegaba en 2002 a 66, 7%, y en 2011 disminuyó a 45%; mientras que la pobreza extrema cayó del 38,2% de 2005 al 21,6% de 2012.
Para Mayorga, la ductilidad de la estrategia política de Evo Morales permite explicar la permanencia de su popularidad después de nueve años de gobierno. “El resultado general que expresa esta política moderada y realista es lo que defino como una ‘construcción minimalista’ del Estado Plurinacional: esto quiere decir que el ‘proceso de cambio’ no se ciñe a un dogmatismo estatista, tampoco al indigenismo particularista, menos al regionalismo centrífugo”, explica.

LA NUEVA AGENDA
Desde la capital política y administrativa del país, Molina entiende que Morales representa el sentimiento nacionalizador de los recursos humanos y es el candidato de los sectores corporativos (campesinos, mineros, cocaleros), históricamente fuertes en Bolivia, que con él retornaron al gobierno. Pero advierte que su rol “redistribuidor de poder y riqueza” se ha empezado a complicar: si antes el MAS quería incluir a quienes no estaban, ahora quiere aumentar el poder de estos, lo que resulta excluyente para otros sectores, sobre todo las clases medias urbanas, los trabajadores independientes, los profesionales. “Este ‘resto’ se beneficia del crecimiento del país, pero no del cambio de élites políticas ni de políticas redistributivas específicas. Esta es la clientela potencial de la oposición”, afirma. Y enumera como dificultades que deberá sortear Morales el encarecimiento del costo de vida, al aumento de la corrupción y, en general, el crimen, la polución, la falta de servicios. “Estos y otros problemas fueron menospreciados y mal manejados por el Gobierno, concentrado como está en los grandes temas desarrollistas (industrialización del gas, aumento del gasto público, etcétera)”, sostiene.
El MAS mantiene sus bases de apoyo más importantes entre las organizaciones campesinas y la Central Obrera Boliviana (COB), que agrupa a diversos sindicatos obreros y fabriles. El respaldo del movimiento indígena, sin embargo, tuvo altibajos en estos nueve años. Mamani Ramírez observa que los qullas o aymara-quechuas tienen cada vez más fuerza social, política y económica. “Se gestó un poder qulla, que el gobierno minimiza mediante una política de desvíos, cooptación y criminalización jurídica de los luchadores sociales que no siempre están de acuerdo con el gobierno y no necesariamente son de derecha”, indica. El conflicto por la construcción de una autopista en el TIPNIS, ubicado en los departamentos de Beni y Cochabamba, generó la ruptura de diversas comunidades originarias con el oficialismo.
Ahora bien, ¿cuáles son los desafíos que deberá enfrentar Morales si accede a un nuevo mandato? Oblitas expresa la necesidad de “transparentar el uso de fondos estatales para obras que no están rindiendo cómo se dijo que lo harían, sobre todo el caso de las industrializadas”, dar representatividad política a los gremios que lo apoyan y convencer a la población de que en Bolivia se respetan los derechos humanos. Y pide reforzar las políticas de salud y educación, en detrimento de las poderosas Fuerzas Armadas, que llevan gran parte del presupuesto nacional.
Molina considera que si el MAS obtiene un tercer período presidencial deberá “conjurar las fuerzas envilecedoras de su proyecto” (corrupción, exceso de gasto público, peleas internas) y tratar de mantener la hegemonía sin exceso de coerción, lo que depende de que las condiciones económicas sigan siendo tan buenas como hasta ahora. “Y esto no es imposible: los pronósticos dicen que el ‘aterrizaje’ latinoamericano del ciclo de altos precios de las materias primas será muy, pero muy lento”, reconoce.

  
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Recuadro
Motor minero y despojo

Con la llegada de los españoles a América se estima que unas 90 mil toneladas de plata fueron extraídas entre 1500 y 1800. El Cerro Rico de Potosí fue el mayor centro minero, aportando a la corona española el equivalente a 50 mil millones de dólares. La población de Potosí superaba a la de Sevilla, Madrid, París y Londres. Esta expropiación fue el motor de la economía europea, pero dejó a Potosí en la más extrema pobreza y con cientos de miles de muertos por trabajo esclavo y epidemias.
Desde mediados del siglo XIX, Bolivia volvió a instalarse en el comercio mundial con la quina -utilizada contra el paludismo-, hasta que las exportaciones asiáticas de las colonias inglesas y holandesas acapararon el mercado.
De Bolivia salieron a inicios del siglo XX las principales producciones de caucho o goma elástica, vital para la industria del automóvil en Europa y Estados Unidos. Esta explotación produjo también la Guerra del Acre, en la que Brasil ocupó esa parte de territorio boliviano.
La demanda norteamericana y europea luego fue por el estaño como un elemento ideal para aleaciones, convirtiendo al país en el segundo productor mundial hacia 1920. Pero a Bolivia le quedó poco. El Estado sólo recibía el 3% de las exportaciones.
Entonces, el eje pasó por los hidrocarburos. Bolivia ocupa el segundo lugar en la región en reservas naturales de gas y un agresivo plan de explotación permitirá alcanzar más de 76 MMmcd de gas natural para 2015.

El litio parece la clave del futuro. Su demanda crece para la fabricación de baterías de celulares, tablets y autos eléctricos. Otra vez, Bolivia tiene el yacimiento más grande: en el Salar de Uyuni.

(publicada en Revista Debate, julio de 2014)

martes, 14 de octubre de 2014

Rossana Reguillo: “Hay un retorno de lo político en la conformación de colectivos juveniles”

Por Manuel Barrientos


Doctora en Ciencias Sociales especializada en antropología social, Rossana Reguillo es una de las principales referentes del campo de los estudios socioculturales en América Latina. En marzo último, Siglo Veintiuno lanzó una nueva edición de Culturas juveniles. Formas políticas del desencanto, que actualiza y amplía los textos ya clásicos que Reguillo había publicado originalmente en el año 2000.
“Vender riesgo es la única opción que tienen muchos jóvenes latinoamericanos”, dispara en diálogo con Debate. Titular de la Cátedra Unesco de Comunicación de la Universitat Autónoma de Barcelona, Reguillo describe las dificultades que enfrenta la juventud en el continente y advierte sobre la ausencia de macropolíticas, en buena parte de los países latinoamericanos, que permitan avanzar en la resolución de estas problemáticas. Pero también destaca la creatividad de los jóvenes para ensayar nuevas formas de gestionar sus propias vidas y el surgimiento de prácticas políticas que saben combinar lo digital con lo presencial.

¿Qué características particulares adquieren las nuevas culturas u organizaciones juveniles en América Latina?
Se hallan diferencias muy grandes entre los colectivos juveniles en la Argentina, en Colombia, en México o en el propio Chile, pese a que parecería que América Latina es un continuo homogéneo. Aunque haya que mantener estas necesarias distinciones, hay tres elementos que podríamos colocar como un piso común para los jóvenes en América Latina. El primero está ligado a las difíciles condiciones que están experimentando para incorporarse a la sociedad, tanto a través del estudio como del trabajo. Esa situación representa un desafío muy grande para ellos, y tiene formas de respuestas distintas. En lo que respecta a la formación de colectivos, se puede encontrar una enorme capacidad de autogestión. Es decir, en la manera en que cotidianamente están reinventado el trabajo, a veces en condiciones muy desventajosas.
¿Por qué se genera esa capacidad de autogestión?
Estamos frente a una generación que no está esperando que se le resuelvan las cosas desde arriba. En ese sentido, un segundo aspecto muy interesante es que, en los últimos años, estamos presenciando el retorno de lo político en la conformación de colectivos juveniles. Si bien durante la última década del siglo XX y buena parte de los primeros años del siglo XXI, los jóvenes estaban muy separados de estos temas, hoy vemos que regresan con fuerza al escenario político, aunque no en las formas tradicionales como los partidos, sino planteando debates e involucrándose en distintas causas, más que en organizaciones.
¿Y el tercer aspecto común?
Aunque sea necesario guardar un prudente optimismo dada la exclusión de muchos jóvenes de la tecnología digital, es una generación que sabe utilizar la tecnología a su favor, para pronunciarse, producir, crear arte o mantenerse en contacto con lo que está pasando en el mundo. Pero fuera de este piso común, es muy diferente la situación que están viviendo, por ejemplo, los jóvenes en la Argentina, donde me sorprendió su reencantamiento con la política formal; comparada a la de México, donde mantienen una actitud de total rechazo y de total desconfianza frente a la política y a los políticos.
¿Cómo viven los jóvenes esa paradoja entre los “cierres” que imponen las instituciones y la supuesta “apertura” que reciben por parte de las industrias culturales?
Los cambios más recientes apuntan a una generación que no pide ni perdón ni permiso, y que logra, frente a eso que con buen sentido llamas los cierres institucionales, reinventarse y generar estrategias, no sólo de supervivencia, sino también de participación. Si uno revisa la cantidad de blogs que pueblan el espacio digital, puede darse cuenta, sin mayores dosis de aparato teórico o metodológico, que muchos de ellos son jóvenes que ponen en aprietos a las instituciones, incluso de las industrias culturales. Hay fenómenos fascinantes, que todavía no alcanzamos a calibrar en lo que tiene que ver con los cambios que van a traer aparejados. Por ejemplo, los grandes medios se ven desafiados por un nuevo periodismo juvenil o ciudadano que no espera que la verdad le sea revelada. También existen procesos de intercambio musical que son inéditos en la historia reciente, porque dan la espalda a consorcios y monopolios discográficos y, sin embargo, circulan por el espacio no sólo digital.

DESEMPLEO Y ESTIGMATIZACIÓN
¿Por qué los medios y buena parte de la clase política estigmatiza a los jóvenes como agentes de la inseguridad?
Indudablemente no es un problema que empezó ayer, pero esta estigmatización sobre los jóvenes comenzó a subir de tono en la medida en que se hizo más evidente la crisis estructural en nuestros países. Es decir, hacia finales de los años ochenta, cuando comenzó a evidenciarse el fracaso del modelo económico -y, en buena medida, político- por el que se había optado. En ese momento, muchos de estos jóvenes, que además han sido mayoría demográfica en el continente, se volvieron visibles como problema. Esta tendencia se observó de forma temprana en Colombia y en México, y más tardíamente en la Argentina, también por su propia composición demográfica. Pero fue una especie de reacción social, en la que parecía que la propia sociedad le decretaba la guerra a sus jóvenes y los volvía responsables de una crisis que nadie parecía entender muy bien de dónde provenía.
¿Cuál es la actualidad de estos discursos?
No sólo está muy expandido entre las grandes corporaciones, los grandes medios y los políticos más conservadores, sino que se encuentra también como discurso cotidiano entre la gente, que ha desarrollado una especie de miedo atávico a los jóvenes de los sectores más empobrecidos y populares de la sociedad. Esto se ha ido agravando, y en la medida en que la pirámide juvenil empieza a presionar más, como ya se ha planteado en muchas investigaciones elaboradas por la Cepal, mi diagnóstico es que tenderá a agravarse aún más. Por tanto, hay una enorme responsabilidad en producir un contrarrelato. Hay que advertir: cuidado que muchos de estos jóvenes, aunque uno no pueda aplaudir muchas de sus conductas, no son los victimarios. No me gusta esta oposición dicotómica entre víctimas y victimarios, pero es útil para efectos de claridad. Entonces, en todo caso son las víctimas de un modelo económico que no previó el momento económico que íbamos a vivir.
En ese sentido, se observa que los índices de desempleo en los jóvenes -y, especialmente, en las mujeres jóvenes- son mucho más altos que los de la población general.
Así es. Y cuando se agudiza la crisis, son los primeros en ser expulsados del mercado laboral. Además, son los jóvenes quienes están aceptando los trabajos con peores condiciones del mercado. Muchas veces no reciben más que contratos temporarios, sin seguridad social, y muchos de ellos están dispuestos a trabajar por la mitad del salario por el que trabajaría un adulto. Se trata de una situación sumamente difícil y compleja. En condiciones y en contextos de pobreza, la única oportunidad que tienen muchos jóvenes es la de vender riesgo. Es decir, su fuerza de trabajo es el riesgo que están dispuestos a vender. Y hay muchos actores y muchas fuerzas muy interesadas en comprar ese riesgo.
En muchos casos, ese discurso se transforma en profecía autocumplida. ¿Qué políticas detecta en los gobiernos de la región que intentan romper con ese círculo?
En términos de macropolíticas, lamentablemente los gobiernos en la región, aun los de avanzada o aquéllos con los mejores proyectos de seguridad social, no tienen todavía una estrategia para enfrentar este problema. Hay preocupaciones, hay políticas públicas más atinadas que otras, y hay lugares en los que ni siquiera les da para pensar en esto como un problema serio, como es el caso de Centroamérica. Pero, en términos de estrategias macropolíticas y macroeconómicas, todavía no se calibra y no se dimensiona el tamaño del problema. Un caso paradigmático es el de México, con sus miles y miles y miles de jóvenes dispuestos a enrolarse en las filas del narcotráfico. En algunos casos, parece que se quiere combatir con aspirinas una metástasis cancerígena.
¿En qué sentido?
Es una problemática que no se puede combatir más que con una inversión macroestructural en términos económicos y con una política que sea acorde en toda la región. Con sus diferencias políticas, ideológicas, de sesgos, cuando sale el problema de los jóvenes en las cumbres regionales observo que no atinan a dar cuenta de la verdadera escala del problema. Se les ocurre hacer más escuelas. Y sí, es evidente, pero el problema no pasa por el número de escuelas que se construyen, sino por las condiciones estructurales que se proveen para que esos jóvenes puedan quedarse en esas escuelas.
¿Qué variables debería tener en cuenta una política macro de inclusión de los jóvenes?
En primer lugar, hay que dejar de pensar a los jóvenes como sujetos “tutelados”, “incompletos” y pensar en ellos como sujetos de derecho. Ese cambio de paradigma es fundamental y no está suficientemente instalado en los discursos políticos de la región, más que con algunos rasgos o atisbos. Partiendo de eso, lo que se requiere de fondo, lo voy a decir un poco en broma, es una especie de gran Plan Marshall. Es decir, una inversión multitudinaria en la generación de estructuras capaces de atender lo que sigue, porque estamos con tantos déficits encima que resolver los rezagos ya resulta prácticamente imposible, a menos que se dedique todo el Producto Bruto Interno a esa problemática. Deben generarse fuentes de trabajo y tomarse muy en serio la legislación en torno al primer empleo, que no se discute suficientemente en la región. Una segunda cuestión está vinculada al aparato educativo, porque tenemos problemas estructurales, pero al mismo tiempo tenemos un problema simbólico de proporciones apocalípticas.
¿Cuál es ese problema?
Debemos pensar qué escuela necesitamos para los desafíos que están enfrentando los jóvenes en este momento, porque no se van a resolver con esas recetas de capacitación para el mal empleo. Con esos programas que dicen: “acércate y te hacemos carpintero o plomero en tres días”. Creo que el asunto requiere transformaciones de fondo. Y hay un desafío muy grande que pueden cumplir los medios de comunicación, que deben hacer mejor su trabajo en vez de criminalizar a los jóvenes. Hace falta un periodismo de investigación que devele las terribles condiciones en las que estos jóvenes están desarrollando sus biografías.

POLÍTICA DIGITAL Y ANALÓGICA
¿Cómo analiza las protestas estudiantiles que se dieron en los últimos años, principalmente en Chile, pero también en otros países de la región?
Las protestas en Chile, Colombia, más recientemente en México, colocan en el centro al estudiante. Lo paradójico es que cuando el mundo parecía haber decretado, en este momento tardío industrial, que las aspiraciones de las generaciones más jóvenes debían ser de otra índole, vemos otra vez reivindicaciones totalmente estructurales en el espacio público: por el derecho a una educación de calidad, por el trabajo, por condiciones de salud y de seguridad social. Entonces, es una situación muy difícil de pensar.
¿Cuáles serían esas dificultades?
Tienes estos sujetos híbridos que se manejan en Twitter, Facebook, que son capaces de tender vínculos entre Chile y los Occupy Wall Street. Pero, al mismo tiempo, ponen en el centro de la mesa el fracaso del modelo económico de aspiración planetaria. Se observan transformaciones en los modos de luchas, porque se trata de una generación que aprendió de las anteriores, pero al mismo tiempo esa nueva imaginación en la capacidad de plantarle el cuerpo y las ideas al sistema no tiene fin. Se les ocurren cosas como el Besatón en Chile, y salen a besarse a la calle al frente del Ministerio de Educación Pública. Entonces, la seriedad de los movimientos de los ochenta, que no se permitían ninguna sonrisa, se estrella contra esta nueva perspectiva, en la que la pasan muy bien mientras hacen la revolución.
¿Cómo pensar las conexiones de estas nuevas prácticas con la política partidaria o electoral, incluso más allá de las estructuras tradicionales?
Es un debate muy interesante que ha surgido en los últimos meses, especialmente a partir de la emergencia de Occupy Wall Street. Zygmunt Bauman negó cualquier tipo de capacidad de transformación a los indignados españoles, acusándolos de ser pura emoción. Poco después, Slavoj Zizek los regañó diciéndoles que no estaban en un Carnaval y que debían tomarse en serio la revolución. Y Edgar Morin dijo que los indignados eran capaces de denunciar pero no de enunciar. Creo que son críticas infundadas, y ciegas o miopes a las transformaciones que se han operado en los movimientos sociales. Estamos frente a procesos de insurgencia que trabajan por fuera de cualquier tipo de noción programática. Son insurgencias, están operando como un síntoma de los múltiples fracasos de los modelos asumidos, pero nadie está en condiciones de exigirles un programa de gobierno. Son movimientos que nacen con una voluntad de ser ellos mismos el plan. Como diría el politólogo Benjamín Arditi, la insurgencia es el propio plan. Entonces, las instituciones no están en condiciones de abrazar lo que estos movimientos juveniles están significando, porque  no tienen las categorías construidas para eso, debido a su fundación decimonónica.
¿Qué rol cumple la tecnología en estos procesos?
Las tecnologías digitales y las redes sociales los vuelven muy rápidos, les permiten ser muy creativos, estar en interacción permanente con movimientos afines. Pero no agotan la explicación posible. El año pasado estuve cuatro meses en Nueva York, siguiendo al movimiento Ocuppy Wall Street. Y el gran desafío para el uso de estas tecnologías es cómo combinar la política caliente -el cuerpo en la calle y en la plaza, la articulación con aquéllos que no frecuentan las redes sociales- con el uso de estos dispositivos. Pero, contrariamente a lo que se puede sospechar, estos movimientos saben que la revolución no se hace en Twitter y van encontrando la temperatura para hacer estas combinaciones entre lo digital y lo presencial. En síntesis, podría decir que son anfibios, que tienen una tercera branquia que todavía no les vemos. Pero también que ellos pueden navegar con absoluta comodidad y continuidad, en medio de los dos mundos, algo que a los adultos nos cuesta un enorme trabajo.

(publicada en la revista Debate, 20 de abril de 2012)

Entrevista a Eduardo Jozami: "Hay que contar mejor los años setenta"

Por: Manuel Barrientos



Estoy muy decidido a que toda actividad futura sea compatible con una tarea intelectual que impondrá condiciones o modos de hacer política, le escribía Eduardo Jozami a su mujer, Lila Pastoriza (periodista y sobreviviente de la ESMA), en abril de 1983. El retorno democrático se acercaba y, desde el penal de Rawson, advertía sobre la necesidad de (re)pensar antes de reintegrarse a la vida política. Pasadas tres décadas, Jozami es docente en las universidades de Buenos Aires y de Tres de Febrero, integra el espacio Carta Abierta y dirige el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, que funciona en la ex ESMA. Jozami reconoce que hasta que cayó preso, en 1975, le daba predominio a la política: Escribía porque era parte del oficio del periodista y porque era una manera de discutir con los compañeros, pero no me planteaba publicar. En prisión, sin embargo, la actividad que podía desarrollar era leer y escribir, siempre que aceptara que esos apuntes pudieran perderse en alguna requisa. Fui enviando en cartas aquello que escribía y de alguna manera lo salvé. Este libro representa en cierto modo ese vuelco hacia la escritura que se fue gestando en la cárcel, explica sobre 2.922. Memorias de un preso de la dictadura, publicado por Sudamericana, que relata aquellos ocho años de prisión, desde su detención en 1975 hasta su liberación en septiembre de 1983. 

Viernes: Desde la literatura y el cine se solidificaron ciertos relatos sobre el terrorismo de Estado. Muchos de ellos surgieron inmediatamente después del retorno democrático y aún siguen resonando con fuerza. ¿Qué debates que considera pendientes quiso poner en escena en este libro?

Eduardo Jozami: Quise reflejar lo que fue mi experiencia y lo que sigo valorando de esos años. Soy muy crítico de la experiencia de Montoneros, en muchos aspectos, pero creo que el proceso político de los años setenta fue muy importante; y no es casual que el kirchnerismo se reconozca en buena medida en ese antecedente. Fue la primera vez, en la Argentina contemporánea, en que hubo posibilidades de transformaciones profundas; y, entonces, ese programa sigue siendo actual. Pero también creo que no hemos avanzado todo lo que sería posible y necesario con respecto a la discusión sobre cómo fue efectivamente aquel período. 

V.: ¿Por qué?

E.J.: 
Como escribo en el libro, a lo largo de esos años tuve diferencias importantes, aunque durante algún momento pensaba que no tenía sentido que trascendieran. Ahora creo que pueden ayudar a que otra gente que no vivió esa experiencia lea las razones por las cuales algunos seguíamos estando ahí, a pesar de nuestras miradas críticas sobre algunas cuestiones. No me pongo como modelo, cada uno hizo lo que pensó que tenía que hacer. Pero la visión de una lucha revolucionaria sin fisuras, que se ha presentado muchas veces como opuesta a la versión que demoniza a los subversivos, me parece que a esta altura ya no aporta demasiado, porque la sociedad argentina ya ha hecho una elección. Algunos siguen reivindicando la figura de (Jorge Rafael) Videla porque piensan que fue necesario dar un golpe para eliminar el peligro que significaban los subversivos; y los que miran con simpatía los años setenta entienden que era necesario un cambio profundo en el país, quieren seguir haciéndolo hoy y se reconocen en lo que está pasando. Por eso creo que para entender más allá de ese dislocamiento básico hay que contar mejor cómo fue esa experiencia.

V.: En el libro hay un rescate de la política de masas.

E.J.: 
En 1966 yo era secretario del Sindicato de Periodistas. Me gustaba mucho la tarea sindical y el trabajo de masas, y me sentí convocado por la experiencia cubana. Vivía una gran contradicción en aquellos años entre ese estar convencido de que si no se adoptaba una estrategia revolucionaria no era posible avanzar en un proceso de liberación de la Argentina, donde había ocurrido el golpe militar de Juan Carlos Onganía; y la preocupación porque aquello no se comiera a la política. En ese sentido, el año 1973 fue extraordinario no sólo porque marcó un amplio triunfo popular, sino porque abrió grandes posibilidades de acción política. Pero empecé a ver con preocupación que todos no lo pensaban así. Más bien lo que planteaban era -y tenía fundamento en la realidad- que se trataba de un interregno político entre dos gobiernos militares. Entonces, cuando Montoneros decidió pasar a la resistencia, no hubo una vocación, un interés por ensanchar los espacios de la política. Tuvo un costo político altísimo, porque en pocos meses se fue debilitando mucho el consenso social que había construido la organización.

V.: Muchos de los reclamos de los organismos de derechos humanos se convirtieron en políticas de gobierno a partir de 2003. ¿Hasta qué punto pueden perdurar después de 2015?

E.J.: 
Es el gran desafío. Algunas cosas calaron hondo en la sociedad. La condena a la dictadura ha sido muy fuerte; son pocos los que estarían dispuestos a firmar un petitorio para que se entregue a los marinos el predio de la ex ESMA o para que se liberara a los represores presos. Pero no hay políticas -por sólidas que sean y por más consensos que generen- que estén seguras de una vez y para siempre. La gente que adhiere a los aspectos esenciales de la política de derechos humanos constituye un sector más amplio que el kirchnerismo, aunque estos ejes aparezcan muy identificados con los gobiernos de Cristina y de Néstor. Es fácilmente explicable, porque lo que hicieron ellos por estas políticas fue monumental. Pero son políticas que tenemos que fortalecer, tratando de ampliar el consenso que existe en torno a ellas. 

V.: Muchos advirtieron en los últimos meses un viraje a la derecha o posiciones conservadoras de la sociedad argentina.

E.J.: 
El tema de la seguridad está ligado a valores, casi diría, fundantes de la democracia, pero tiende a imponerse sobre otros temas, y parecería que es el principal problema de los argentinos. Entonces, es doblemente preocupante que existan estos discursos. También preocupa que no haya por parte de muchos gobiernos provinciales que se dicen kirchneristas políticas claras en esta materia. Las reformas de las policías provinciales siguen pendientes, y sería absurdo decir que sólo lo están en las provincias gobernadas por la oposición. Pero creo que se produjo un corrimiento a la derecha, porque un candidato que surgió con un discurso bastante vacío, que buscaba mostrarse como renovador y parecía correr el peligro de ser excesivamente ecléctico, casi anodino -aunque uno le sentía el olor de que estaba más cerca de los años noventa-, de pronto pasó a asumir una posición muy dura con la reforma del Código Penal y con la política de seguridad. Y hasta ahora no hemos visto que esa postura le haya provocado una disminución en las encuestas. Entonces temo que no nos animemos a dar el debate que tenemos que dar.

V.: ¿En qué sentido?

E.J.: 
Que no repitamos lo del caso del falso ingeniero Blumberg, que fue uno de los episodios negros en la historia del Parlamento argentino. Jugando como fiscal de la sociedad decidió qué penas subían; y sin ninguna apelación a una racionalidad que tuviera que ver con la estructura del Código Penal. Creo que no habría que postergar el tratamiento de la reforma del Código Penal. Es muy importante que podamos dar ese debate, porque estamos bien parados, porque es la obra de una comisión multipartidaria. Y nos va a servir puertas adentro del kirchnerismo, porque los que no tienen una posición clara en materia de seguridad tampoco la tienen con respecto a los derechos humanos o la política exterior. Es decir, son los que no comparten el proyecto kirchnerista, por elevado que sea el lugar que ocupan hoy. 

V.: Con la mira en 2015, ¿considera posible la continuidad del kirchnerismo?

E.J.: 
La veo como necesaria. Y si uno la ve como necesaria, tiene que hacer todo lo posible por que ocurra, con independencia de que hoy pueda aparecer como una tarea más difícil que hace dos años. Esto tampoco quiere decir que uno crea que la historia se termina en 2015. Tenemos que aspirar a que en 2015 se imponga alguien que represente la continuidad de este programa. En el camino, está claro que uno puede estar arriesgando perder. Pero lo peor que nos puede pasar no es perder, sino vivir una especie de dilución del proyecto kirchnerista.

V.: Usted integra Carta Abierta. ¿Le teme a una alianza estratégica que garantice un triunfo electoral, pero a la vez implique una dilución de las políticas kirchneristas?

E.J.: 
En la Argentina aprendimos, después de Fernando de la Rúa y de Néstor Kirchner, en sentidos opuestos, que la figura presidencial es muy importante. La Alianza terminó muy condicionada, entre otras cosas, por un presidente muy especial. Y Kirchner cambió el curso de un proceso político que parecía que estaba controlado por el duhaldismo. Entonces, ¿hacemos una alianza amplia para garantizar que gane el kirchnerismo? Estoy de acuerdo. Pero si es para poner un candidato que va a iniciar políticas diferentes de las nuestras, es mejor tener a alguien que se identifique claramente con lo que se hizo en estos años y tratar de ampliar el consenso para ganar la elección. 



BIO

Buenos Aires, 13 de octubre de 1939 
Estudios: Colegio Francés de Buenos Aires (primario), Liceo Militar General San Martín (secundario), Abogado (UBA), posgrado en la Maestría en Economía (Universidad Nacional Autónoma de México) y Maestría en Ciencias Sociales (FLACSO México).  
Trabajo: Director del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, profesor titular consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y de posgrado en Historia de la Universidad de Tres de Febrero. Fue concejal de la Ciudad de Buenos Aires (1993-1997), convencional constituyente (1996) y periodista de El Diario de la CGT de los Argentinos, Clarín, Página/12, El Mundo, El Cronista Comercial, Uno más Uno (México) y de las agencias Télam e Interpress Service.

Rutina informativa: Página/12, La Nación, Radio Nacional, Continental, FM Tango y Nacional Clásica. 

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(publicada en el suplemento Viernes del diario Ámbito Financiero, 6 de junio de 2014)

La política “fresca” que acecha al Frente Amplio

Por: Manuel Barrientos



Las encuestas presentan un escenario impensado hasta hace pocos meses atrás en la República Oriental del Uruguay. El crecimiento del candidato del Partido Nacional (PN), Luis Lacalle Pou, junto a cierto estancamiento o, incluso, leve retroceso de la fórmula del Frente Amplio (FA), permite entrever un final reñido en las elecciones que se celebrarán el próximo 26 de octubre y abren las puertas a un posible balotaje. Algunos sondeos marcan una ventaja del expresidente Tabaré Vázquez cercana a los diez puntos en primera vuelta, lo que podría ser insuficiente para que el frente que agrupa desde partidos de izquierda hasta centristas obtenga su tercer mandato en la segunda vuelta del 30 de noviembre. Todo indica que, en un eventual segundo turno, los votantes del tercer competidor principal, Pedro Bordaberry, del Partido Colorado, se trasladarían en bloque hacia el hijo del exmandatario Luis Lacalle Herrera. Ocurre que desde que el frente que agrupa a diferentes corrientes de izquierda y centristas se transformó en una boleta electoral competitiva, las diferencias entre los históricos partidos Nacional y Colorado parecen haberse diluido. Los matices son, más que nada, de estilo, en un panorama político de por sí homogéneo. 

Son 2.563.397 los uruguayos que están habilitados para votar a su presidente y vice, a 30 senadores y 99 representantes nacionales o diputados. Para acceder a la presidencia se necesita obtener más del 50% de los votos emitidos. Es decir, los válidos más los sufragios en blanco y los anulados, lo que habilita a un sistema de doble vuelta más probable que el argentino, en el que el candidato debe lograr el 45% de los votos u obtener más del 40% y una distancia de diez puntos sobre el segundo postulante. En cambio, para determinar las bancas en el Parlamento sólo se toman en cuenta los votos válidos; esto es, aquellos que expresan una preferencia partidaria. 

Desde el PN se muestran exultantes por la performance de su postulante y sostienen que la progresión se da, en especial, entre los jóvenes y en la clase media, porque Lacalle Pou representa la "expectativa de cambio con alegría". Álvaro Delgado es diputado por el sector Aire Fresco (nombre que da toda una definición del espacio fundado por Lacalle Pou) y uno de los coordinadores de la campaña blanca. En diálogo con Viernes, asevera que el principal dato que arrojará la elección de octubre será que ninguna fuerza tendrá mayoría parlamentaria: "Y nos parece muy bien para la democracia uruguaya, porque implica negociar, abrir la cabeza e incorporar ideas de los demás". De forma similar a la de ciertos candidatos de la oposición en la Argentina, Lacalle Pou pregona los valores de la eficiencia, del diálogo y el consenso, eludiendo los conflictos y presentando una visión edulcorada de la política. "Hicimos una campaña centrada en gobernar ahora y gobernar bien, como dice nuestro slogan", sintetiza Delgado.

Esas consignas parecen estar sintonizando con sectores importantes de la población uruguaya. Uno de los influyentes politólogos de ese país, Jorge Lanzaro, explica que las encuestas, en realidad, dan cuenta de una tendencia sostenida: de la elección inicial de octubre de 2004 a la de 2009 hubo una inflexión en el ciclo de crecimiento electoral que la izquierda había experimentado desde 1989; el Frente no sólo dejó de crecer, sino que perdió dos puntos y medio. "Se puede presumir que perdió votos en franjas ideológicas de centro y en sectores sociales de clase media y clase media alta. No de votantes frenteamplistas fieles, sino de electores móviles. Pero ahora se ha erosionado la fidelidad de electores de izquierda, que podrían votar en blanco o votar a otros partidos, sea hacia el centro-centroizquierda (Partido Independiente), sea hacia la izquierda del FA", indica el presidente de la Asociación Uruguaya de Ciencia Política (AUCiP). Lanzaro estima un repunte del FA en la recta final de la campaña, pero considera que será difícil que logre la mayoría absoluta en el Parlamento. Según una encuesta de Cifra, el 57% de la población prefiere que el FA no tenga mayoría. 

Diputada y vicepresidenta del FA, Ivonne Passada matiza el crecimiento de Lacalle. Anticipa que, en el tramo final de la campaña, una recorrida por todo el país de la dirigencia de la alianza de centroizquierda servirá para demostrar diversidad. "Somos una fuerza política de izquierda que tiene una base del 40% de los votos, y se trata de un núcleo duro que se mantiene pese a los diez años de Gobierno", manifiesta. También garantiza que los sondeos variarán en los próximos días y que el porcentaje que obtiene la fórmula de centroizquierda no es muy diferente al que tenía el actual mandatario José Mujica para esta misma época en 2010. 



¿Quién es ese chico?

"Luis Lacalle Pou es estudioso y metódico y simboliza liderazgo y autenticidad", subraya Delgado. Bisnieto del caudillo nacionalista Luis Alberto de Herrera, el candidato blanco tiene 41 años y es uno de los tres hijos del expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera (1990-1995) y la exsenadora Julia Pou. Su hermano Juan José reveló que, mientras su padre estaba en el poder, un día pegó un portazo en la residencia presidencial y prometió que nunca iba a ser político ni abogado. En 1998 se graduó en Derecho en la Universidad Católica y dos años más tarde asumió como diputado por Canelones, en reemplazo de su madre (quien, a su vez, ocupó una banca como senadora). En 2010, presentó en el Parlamento uno de los primeros proyectos para despenalizar el cultivo de cannabis para uso personal (aunque luego se opuso a ley impulsada por Mujica). Después de presidir la Cámara de Representantes (diputados), entre marzo de 2011 y febrero de 2012, en las primarias de junio de este año dio el gran salto, derrotando al veterano competidor por la Presidencia Jorge Larrañaga, "el guapo" (a quien luego eligió como compañero de fórmula).

"Lacalle Pou es una figura en franco ascenso a quien todos los analistas coincidían en verlo claramente como candidato en 2019. Dado que su padre y líder del herrerismo optó por no competir luego de la derrota en 2009, se abrió un período en que se manejaron nombres que poco puntuaban en las encuestas. Lacalle Pou llevaba tiempo consolidando un espacio propio (Aire Fresco) y siguió acumulando fuerzas, a la vez que su juventud lo hacía atractivo para algunos sectores con un discurso que hace referencia más a una forma de hacer política que a contenidos", recuenta Antonio Cardarello, profesor de la Universidad de la República y fundador de la AUCiP. Pero también destaca la capacidad de Lacalle para hacer acuerdos y atraer a otros precandidatos, comoJorge Saravia (ex FA y bisnieto del caudillo blanco) y el excanciller Sergio Abreu, que moderan el perfil más liberal del herrerismo.

Doctor en Ciencia Política e investigador del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República, Daniel Chasquetti reconoce que Lacalle Pou es la revelación de estas elecciones: "Su campaña ha sido impecable desde el punto de vista comunicacional, con una estética muy bien cuidada y un discurso poco programático". Además, explica que quien crea que es un político de derecha estará simplificando las cosas: "No porque su pensamiento no lo sea, sino porque la gente no lo ve así". Bajo esa perspectiva, asegura que se trata de un posicionamiento novedoso en la política uruguaya, similar al de Nicolas Sarkozy en Francia, Sebastián Piñera en Chile o Mauricio Macri en la Argentina. "Y yo diría que ha tomado por sorpresa al Frente Amplio", agrega. Chasquetti entiende que el candidato colorado Pedro Bordaberry (hijo del dictador Juan María, presidente constitucional entre 1972 y 1973, y de facto entre 1973 y 1976) es similar a Lacalle, porque diluye la ideología y hace más hincapié en el gerencialismo, la tecnocracia y la buena voluntad de las personas. Con esa estrategia, Bordaberry duplicó los niveles de votación del Partido Colorado en 2009. Pero ahora sufre la candidatura de Lacalle "porque se superpone en prácticamente todos los atributos que Bordaberry mostraba como diferencial". También integrante del Instituto de Ciencia Política, Daniel Buquet coincide en que la postulación de Bordaberry está mostrando una clara limitación en sus posibilidades de crecimiento electoral. No sólo porque Lacalle Pou compite desde un perfil similar, sino también porque el Partido Colorado aparece hegemonizado por su sector, con escaso espacio para los adversarios internos que ni siquiera pudieron quedar representados en la fórmula presidencial.

Frente a la emergencia de Lacalle, la centroizquierda apuesta a la figura de Raúl Fernando Sendic, el compañero de fórmula de Tabaré Vázquez. De 51 años, es hijo del líder histórico del Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, Raúl Sendic. La política uruguaya está liderada por dirigentes que pugnan en décadas por el espacio público (Vázquez, Danilo Astori, José Mujica, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Larrañaga, etcétera) o sus hijos. 

Sendic es licenciado en Genética Humana en la Universidad de La Habana, fue periodista hasta que asumió como diputado en el año 2000. Ministro de Industria, Energía y Minería durante la primera presidencia del FA, ocupó la presidencia de la petrolera estatal Ancap en 2010, hasta que renunció en 2013, para dedicarse a la campaña electoral. Mantiene una gran relación tanto con Mujica como con Tabaré. Según Chasquetti, aporta juventud a la fórmula encabezada por Vázquez -algo muy necesario dado que sus rivales son 20 o 30 años más jóvenes-, pero también "el respaldo del electorado mujiquista, que está algo distante de Vázquez". Si gana el FA este año, Sendic, Lacalle Pou y Bordaberry partirían con ventaja para las presidenciales de 2019.



Un mundo cierto

Más allá del leve retroceso en las encuestas recientes, Vázquez es el político con mejor imagen entre el electorado. De acuerdo con un sondeo de Equipos, el 53% tiene una opinión positiva del expresidente, seguido por Lacalle Pou (46%), Bordaberry (37%) y Pablo Mieres, del Partido Independiente (18%). 

La década frenteamplista muestra una mejora general de la economía uruguaya. Desde la izquierda enumeran un 45,4% de aumento de salario real, descenso de la desocupación, boleto gratuito para los estudiantes, aumentos de jubilaciones, la reforma de la salud, 50.000 operaciones de ojos, una moderna matriz energética y parques eólicos de vanguardia a nivel mundial, la Universidad Tecnológica, el Plan Ceibal de entrega de notebooks para los estudiantes secundarios y la ley de matrimonio igualitario. En 2004, un 39,9% de los uruguayos vivía en condiciones de pobreza y el 4,7% en la pobreza extrema; en 2012, los números revelan un notorio descenso de la población pobre: 12,4% de las personas y un mínimo del 0,5% en situación de indigencia.

"El balance muestra una fuerza política con sensibilidad para estar cerca de la gente. Asumimos con un 17% de desocupación y hoy es del 6%. También combatimos la indigencia, implementamos el Plan Ceibal, que es modelo mundial para la ONU, pusimos en marcha múltiples leyes sociales y laborales", enumera Passada, quien responde al Movimiento de Participación Popular (MPP) liderado por Mujica. La diputada refuerza su pedido: "Por eso es importante que el proyecto sea acompañado por la mayoría parlamentaria". 

Por lo visto, el escenario tiene similitudes con la realidad de otros países de la región, lo que no garantiza éxitos electorales de los respectivos gobiernos. Es que también se presenta análogo el panorama uruguayo en cuanto a pronósticos que establecen años menos explosivos por venir, mientras algunos problemas estructurales no han sido resueltos. "El Gobierno que viene tendrá que enfrentar problemas grandes que no encaró o no pudo resolver, con márgenes de maniobra más estrechos. Esto es clave en cuestiones nacionales fundamentales, como es el caso de la educación, de la seguridad pública y de la infraestructura. Con esas limitaciones, el FA tendrá que moverse con más dificultad de cara a la coalición ´redistributivista´ -procíclica- que representa y a la que responde", dice Lanzaro y observa en el futuro posibles cimbronazos en la alianza con la central obrera PIT-CNT. 

También indica que Vázquez ya no tendrá algunas de las ventajas políticas que gozó en su primer mandato, en el que protagonizó un liderazgo presidencial fuerte, ya que reunía la doble condición de jefe del Gobierno y del partido. "Ese empalme virtuoso está en jaque. El liderazgo de Vázquez en el seno del FA parece menos rotundo, hubo acciones desafiantes y probablemente las seguirá habiendo. En esto ha de influir el corrimiento hacia la izquierda, con varios grupos frenteamplistas que se han alineado en un bloque y han ganado terreno de cara a los sectores de centro izquierda", expresa Lanzaro. En este escenario, el papel de Mujica -que será candidato a senador en octubre- puede ser decisivo como intermediario y como negociador, para moderar posiciones en las filas de izquierda del FA. 

A esos escollos partidarios se añade la posibilidad de no tener mayoría parlamentaria, con la consiguiente necesidad de negociar con otros partidos. "Es una ambición proclamada por la oposición y es, en particular, la ilusión del Partido Independiente, que sueña con convertirse en minoría decisiva, como gozne entre los bloques partidarios", manifiesta el titular de Aucip. 



"Mantener lo bueno" 

"Lacalle Pou es renovador, pero no refundacional", asegura Álvaro Delgado. El diputado afirma que un eventual gobierno blanco mantendrá líneas de la gestión frenteamplista, como el Plan Ceibal, las escuelas de tiempo completo, el Plan Juntos de vivienda y el programa de operaciones de ojos y el plan de salud bucal desarrollado por María Auxiliadora Delgado, la esposa de Vázquez. Si esos son los ejes de continuidad, desde el PN disparan contra el Gobierno de Mujica por la creciente inseguridad, las deficiencias del sistema integral de salud y la inflación. Cuando se le piden medidas concretas para combatir el alza de precios, Delgado hace referencia al déficit del gasto público y pone el foco en los "55 mil funcionarios públicos" nombrados en los últimos años. "Hay que lograr una mayor eficiencia en el gasto público, y transferir esos ingresos a los sectores más vulnerables", repite.

Coordinador del Área de Gobierno, Partidos y Elecciones de la Universidad de la República, Chasquetti considera que Uruguay necesita debatir sobre cuatro ejes centrales: seguridad pública, educación, déficit fiscal e inflación e infraestructura. Sin embargo, se muestra pesimista con la campaña. Por un lado, porque el FA tiene como estrategia mostrar los logros de esta década y contraponerlos con 2002. Por otro, porque los partidos tradicionales "no tienen programas muy diferentes al del Gobierno (no se plantean revertir ninguna política importante del FA) y por esa razón no están muy dispuestos a discutir rumbos sobre esos problemas sino simplemente señalarlos como indicadores de ineficiencia del Gobierno".

¿Cuáles son los retos centrales que deberá enfrentar el próximo gobierno?, pregunta Viernes. El politólogo Buquet responde que el principal, en el corto plazo, pasa por "ordenar las cuentas públicas que muestran un déficit mayor al deseable y controlar la inflación que está encima del rango-meta que ha establecido el Gobierno". También incluye la normalización de la relación con Argentina, a la que califica como "crecientemente conflictiva".

Por su parte, la vicepresidenta del Frente Amplio considera que hay que poner el foco en el empleo, la mejora de los salarios y las condiciones laborales y en la puesta en marcha de un sistema nacional de cuidados, que apunta a garantizar la atención primaria de la salud para niños, mujeres y la tercera edad. Passada también reconoce que hay que amplificar las políticas educativas: "El 6% de desocupación actual es un resabio de la crisis de 2002. Son los gurises con poca formación a los que tenemos que capacitar". 

Con respecto a la política exterior y, en especial, al vínculo con la Argentina, Álvaro Delgado expresa que hace falta "menos ideologismo y más pragmatismo" y considera que debe minimizarse la "diplomacia presidencial" y profesionalizarla. El diputado lacallista del PN ratifica que la Argentina es un socio estratégico clave, pero remarca que se debe mejorar el balance comercial. Y adelanta que el foco diplomático ante un eventual gobierno de Lacalle Pou pasará por la firma de un acuerdo de libre comercio desde el Mercosur con la Unión Europea. En el caso de un triunfo de Vázquez, quien tuvo un apoyo decisivo del kirchnerismo en las presidenciales de 2005 pero luego terminó enfrentado por la instalación de la pastera Botnia, sería esperable una repetición de su primer gobierno, "con una postura más firme y menos proclive a la búsqueda permanente de diálogo que ostenta Mujica, más allá de los inconvenientes que se han producido", explica Cardarello desde Montevideo. 


(publicada en el suplemento Viernes del diario Ámbito Financiero, 12 de septiembre de 2014)