viernes, 12 de junio de 2015

Malvinas: El futuro en cuestión

¿Qué debería hacer la Argentina en caso de que se concretara la recuperación de la soberanía de las Malvinas? ¿Qué estrategias deberían plantearse para avanzar en ese camino? ¿Qué políticas económicas se podrían desarrollar si, efectivamente, recobrara las islas? ¿Qué política habitacional debería ponerse en marcha? ¿Cuál debería ser el sistema político que permitiera la mejor coexistencia posible con los actuales habitantes de las Islas? ¿Debería integrarse al territorio de Tierra del Fuego, tal como está estipulado en las actuales leyes nacionales, o podría constituirse como una provincia autónoma? 
Cinco expertos en la temática responden estas preguntas, en un ejercicio que exige una mirada prospectiva, más que un ensayo de política ficción. Se trata de un punto de partida hipotético, improbable en el corto y mediano plazo, como explican los propios especialistas. Pero no hay aquí profecías ni predicciones sino, en todo caso, diversos planteos sobre cómo construir ese escenario de futuro.
 
La gobernadora fueguina Fabiana Ríos explica que
 “los procesos de descolonización son lentos, pero inexorables” y, por tanto, requieren de planificaciones pacientes y de largo aliento. En la misma línea, el investigador principal del Conicet, Carlos Escudé, advierte que “la posibilidad de que la Argentina recupere la soberanía de las Islas es más probable que hace veinte años atrás. Ya no se trata de una utopía, pero hay que entender que es un proceso de largo plazo, que puede llevar medio siglo de negociaciones”. 
Director del Centro Latinoamericano de Investigaciones Científicas y Técnicas (Clicet) y responsable del libro Petróleo y Malvinas,
 Federico Bernal sostiene que, para continuar avanzando en el camino de la recuperación por vía diplomática de esos territorios insulares, se debe profundizar la línea trazada por el gobierno nacional a partir de 2007, cuando se decidió la cancelación de los acuerdos petroleros firmados con el Reino Unido en 1995. En ese sentido, asegura que hay que proseguir con las acciones legales y económicas sobre las corporaciones que operan en Malvinas, y que se deben ahondar las investigaciones sobre la vinculación entre esos activos y distintas compañías financieras y bancarias. 
“También es clave que los países de la Unasur participen de forma conjunta en esta estrategia”, explica Bernal, para quien ese respaldo regional tiene gran relevancia debido al creciente peso de América del Sur en el escenario internacional, y representa la principal fuente de explicación de los recientes movimientos de militarización de la zona por parte de Gran Bretaña. “Malvinas trasciende ya a la Argentina, porque lo que suceda en las Islas hace a la seguridad nacional de todos los países de la región”, afirma. Desde su perspectiva, la controversia por la soberanía de Malvinas es la mayor disputa geopolítica del mapa global, porque incide de forma directa sobre el Atlántico Sur, la Antártida, los estrechos de Magallanes y Drake. Y apunta que la base militar de la OTAN en Malvinas es complementaria de las bases en las islas Ascensión y Santa Helena (ambas ubicadas en el Atlántico, entre América y África) y Diego García (localizada sobre el Índico). 
Doctor en Ciencias Políticas y autor de Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura argentina contemporánea,
Vicente Palermo fue uno de los intelectuales que firmó el documento “Malvinas, una visión alternativa”, en el que se cuestiona la estrategia oficial en relación a la controversia. “Las políticas que se están llevando adelante con respecto a las islas son muy malas. Se trata de un camino costoso, inefectivo y que nos perjudica en otros terrenos, más allá de lo que sucede con las Malvinas, que podría ser un objetivo a larguísimo plazo”, explica en diálogo con Debate. 
Palermo propone un cambio de paradigma en el modo de encarar la vinculación con los actuales habitantes de las islas y con Gran Bretaña. “Se debería llevar una política de entendimiento y cooperación. En vez del hostigamiento, la Argentina podría ofrecer una integración mayor, con provisión de logística y servicios, que los isleños necesitan”, critica. Desde esa lógica, plantea una serie de modificaciones simbólicas, aunque importantes, como que el feriado por Malvinas deje de estar vinculado al 2 de abril y se conmemore en otra fecha, como el 10 de junio. Además, indica que Puerto Stanley debería ser llamado de ese modo, y no como Puerto Argentino, que fue la denominación que recibió durante la guerra de 1982. 
También considera que habría que
 reflotar la fórmula de “paraguas de soberanía”, que protege las posiciones de las partes sin sentar precedentes sobre el fondo de la controversia. Así, sostiene Palermo, se podría plantear un escenario de cooperación con Gran Bretaña para la exploración y explotación de recursos y las investigaciones sobre la sustentabilidad ambiental de la zona. 

MIRADAS PROSPECTIVAS 

Las proposiciones se vuelven, en principio, más esquivas a la hora de imaginar escenarios futuros. Sin embargo, no tardan en llegar y se propagan, múltiples y controversiales. La solución negociada entre Gran Bretaña y China por la cuestión de Hong Kong surge como un antecedente válido. “Hay que observar esos términos de restitución, que fueron el resultado de un largo proceso. China es una gran potencia y, sin embargo, Gran Bretaña impuso una serie de condicionamientos. Así que la Argentina, si recupera la soberanía a través de un tratado, también debería aceptar ciertas estipulaciones”, señala Escudé, responsable del ensayo Realismo periférico: bases teóricas para una nueva política exterior argentina y asesor del ex canciller Guido Di Tella durante la presidencia de Carlos Menem. 
Doctor en Ciencia Política y miembro del Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús,
 Marcelo Gullo recuerda que China, para dar respuesta a los pedidos del Reino Unido a China, debió darle el estatuto de una “Región Administrativa Especial” a Hong Kong, con un alto grado de autonomía, excepto en los asuntos exteriores y de defensa. También cuenta con poderes independientes, y se mantuvo sin alteraciones el sistema social y económico, incluidas la propiedad privada y empresarial, con libre flujo de capitales y el status de puerto franco y territorio aduanero independiente. 
Así, Gullo sostiene que se debería aplicar plenamente la Constitución Nacional:
 “Los malvinenses son hoy ciudadanos argentinos de pleno derecho”. Pero aclara que se les debería conceder también el estatuto de “provincia bilingüe”, con el derecho a conservar el uso de la lengua, incluso para los empleados públicos. Además, agrega que se debería incentivar la explotación de los recursos naturales y se podría declarar a las Islas como “zona de producción industrial”, como actualmente lo es Tierra del Fuego. 
Doctor en Historia e investigador del Conicet,
 Leandro Morgenfeld dispara una batería de medidas que podrían implementarse: la explotación de recursos pesqueros, que actualmente representan alrededor de cien millones de dólares por la concesión de patentes; una alianza con Brasil para la exploración de petróleo sobre plataforma submarina; políticas de poblamiento de las Islas, similares a las de la Antártida (aunque en condiciones climáticas más propicias), a través de proyectos de investigación científica; y la posibilidad de que los isleños de origen británico mantengan no sólo su lengua sino también la doble nacionalidad, como lo habilitan los tratados vigentes. 
“En América del Sur hay pocas experiencias de Estados plurinacionales, pero debería pensarse en esquemas de educación bilingüe y de gobiernos municipales que en los primeros años estén hegemonizados por los actuales habitantes de las Islas”, plantea Morgenfeld. En ese sentido, también se muestra abierto a la negociación de un sistema político alternativo, concediéndoles el estatuto de una provincia diferenciada. “No sería grave si se evalúa una reforma constitucional para pensar a las Islas como un estado provincial autónomo”, reflexiona. 
Escudé coincide en que se debería crear una provincia aparte, que no debería ser la misma que la de Tierra del Fuego. Además, hace hincapié en la necesidad de respetar el modo de vida de los isleños y de aceptar que el inglés pueda ser la lengua dominante. Con respecto a las políticas poblacionales, indica: “Tiene que estar abierta la posibilidad de que se radique cualquier persona que lo desee, pero, particularmente, preferiría que no se aliente un arribo masivo de argentinos, porque los isleños lo sentirían como una avasallamiento”. 
Por su parte
, Palermo afirma que, ya en la actualidad, Malvinas debería dejar de ser considerada como parte de la provincia de Tierra del Fuego. También sostiene que a los isleños “hay que permitirles que escojan el tipo y el nivel de autonomía que ellos quieran, que es algo que se va a ir modificando a lo largo del tiempo. Pero no alcanza con decir que hay que respetar el modo de vida, como afirma la Constitución, porque eso hoy es insuficiente y se muestra incompatible con el ejercicio pleno de la soberanía en las Malvinas”. 
Autor del libro Petróleo, Estado y soberanía,
 Bernal coincide con la propuesta de Morgenfeld de invitar a los países petroleros de la región (en especial, Brasil y Venezuela) para desarrollar la explotación de recursos hidrocarburíferos en asociación con la empresa estatal Enarsa. De acuerdo a las estimaciones de las principales operadoras internacionales, explica el periodista y bioquímico, el potencial petrolero en el off-shore alrededor de las Islas tendría un mínimo de 6525 millones de barriles. Sin embargo, no se muestra proclive a que las Islas Malvinas se constituyan como una provincia autónoma, sino que considera que hoy son parte del territorio de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur “y así deben seguir”. Los habitantes de las Islas, señala, deben tener el mismo trato que cualquiera de las demás colonias presentes en el territorio argentino. “Hay que respetar su cultura, sus tradiciones y sus deseos, pero en el marco de su incorporación al territorio argentino”, concluye.

(publicada en la revista Debate, jueves 29 de marzo de 2012)

martes, 9 de junio de 2015

Radio Benjamin

A propósito del libro Juicio a las brujas y otras catástrofes. Crónicas de radio para jóvenes, se rescata el valor de las reflexiones de Walter Benjamin sobre radio, técnica y audiencias.


 Por Manuel Barrientos *

Tenía una oportunidad, después de varios meses de insistencia. Veinte minutos para entretener a los radioyentes con un informe sobre su especialidad: la crítica de libros. Le recomendaron que se atuviera al reloj, ¡no podía excederse ni un minuto! Ensayó muchas veces, cronometró cada una de sus palabras. Cuando ingresó –era la primera vez– al estudio, sintió que todo estaba a su disposición. Un reloj que indicaba los minutos (no las horas) advertía “de lo que valía un instante en aquella cámara insonorizada”. Cuando llegó a la mitad del guión, ojeó el reloj y se exaltó: ¡Ya había consumido dos tercios de su tiempo! Saltó páginas del manuscrito, improvisó comentarios y llegó al final. Respiró, satisfecho de su hazaña. Pero el locutor que debía reemplazarlo se demoraba. Comprendió: había visto el segundero, no el minutero. Aún le quedaban cuatro minutos de aire. Tomó el manuscrito y llegó otra vez al final. Pese a su intranquilidad, el locutor lo despidió de modo amable. Le preguntó a un amigo qué le había parecido su presentación. “Estuvo muy bien, lo que falla como siempre es el aparato de radio. El mío se quedó un minuto absolutamente en blanco”, le respondió.
Aguda y temprana reflexión sobre el vínculo entre radio, técnica y audiencias, Walter Benjamin publicó el relato “Al minuto” bajo el seudónimo Detlef Holz –el ascenso del nazismo ya lo había empujado al exilio– en el periódico Frankfurter Zeitung el 6 de diciembre de 1934. No es sólo una narración que conjuga ficción y ensayo: tiene tintes autobiográficos. Benjamin trabajó en las radios SWR Frankfurt y la Berlín FST entre 1927 y julio de 1932.
Algunos de aquellos guiones que escribió y leyó en el programa La hora de la juventud acaban de ser publicados en el libro Juicio a las brujas y otras catástrofes. Crónicas de radio para jóvenes, editado por Interzona, con un recomendable posfacio de Esther Leslie. Son relatos que buscan en los pliegues olvidados de la historia, que dan cuenta de personajes y mundos que ya no están, que fueron desterrados por creencias y saberes cientificistas que luego, a su vez, también se han visto reemplazados. Recuerdan una y otra vez la temporalidad (la irremediable caducidad) en la que se inscriben las leyes y las técnicas.
Se lee (se escucha) en esos guiones el eco lejano pero persistente de los códigos de fraternidad juramentados por las pandillas de salteadores de caminos en la antigua Alemania, antes de ser arrasados por príncipes y barones feudales. De la paradójica tarea de cientistas naturales y eruditos de la filosofía “para fomentar la horrible creencia en las brujas” y así poder perseguirlas y eliminarlas. Entre la toma de la prisión de la Bastilla y el caso del joven Kaspar Hauser, se rememora la catástrofe ferroviaria en 1879 en el fiordo de Tay, en Escocia, y la crónica permite pensar el desfasaje entre los descubrimientos científicos, la reflexión teórica sobre esas nuevas tecnologías y su apropiación social.
Al igual que en “Al minuto” (incluido en la compilación Historias y relatos, publicada por El Aleph en 2005), en los guiones se observan marcas que despiertan al lector (al oyente) del ensueño de la narración y le recuerdan que hay un enunciador; también se encuentran referencias a los límites (¡ay, ese reloj!) que parece imponer la técnica sobre el hecho radial. Es que, en sus textos teóricos sobre el medio, Benjamin sostiene que la centralización del ejercicio de la voz en la radio no es una decisión técnica sino, en todo caso, política. Por eso, reflexiona que es un “grave error” distinguir “entre el conductor y el público” porque esa separación no concuerda con la base tecnológica del medio. La radio es un espacio democrático: su espíritu es “poner a tanta gente como sea posible delante de un micrófono cada vez que sea posible”.
Con las historias que leía a los jóvenes, Benjamin no sólo intentaba redimir a determinados personajes y situaciones borrados de la Historia, sino evitar también la pérdida del propio arte de contar historias. No era un gesto nostálgico –tan cándido como vacío–, sino que se basaba en la certeza de que el pasado ilumina nuestro presente: sin la densidad de la memoria nuestra experiencia se empobrece. “La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusión de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables”, advertía (nos advierte) el autor de El libro de los pasajes.

Cincuenta años de nuevo periodismo

Una breve reseña sobre “el nuevo periodismo” cincuenta años después de su surgimiento: un espacio de encuentro con lo diverso, con lo diferente, con lo desigual.


 Por Manuel Barrientos *


Seymour Krim oyó por primera vez el vocablo en 1965. Era redactor-jefe de la revista Nugget y Peter Hamill lo llamó para pedirle un artículo titulado “El nuevo periodismo” sobre reporteros como Jimmy Breslin y Gay Talese. ¿Qué era ese movimiento en ciernes en los Estados Unidos de los años sesenta? ¿Quiénes eran sus referentes? ¿Cuáles eran los recursos innovadores que incorporaba?
En esos primeros artículos publicados en agosto de 1965 sobre el nuevo fenómeno del periodismo norteamericano, se mencionaban como medios pioneros a Esquire y el suplemento “New York” del Herald Tribune y se destacaba a plumas como Breslin, Talese, Dick Schaap y Tom Wolfe.
No era un movimiento “organizado” para socavar o subvertir las bases del periodismo tradicional. Se trataba de algo espontáneo, el resultado de intenciones y deseos individuales que se revelaban, a su vez, como una búsqueda colectiva. La crisis de verosimilitud del lenguaje periodístico los empujaba a la experimentación con dispositivos propios de la narración ficcional: necesitaban multiplicar sus recursos para informar acerca de la complejidad de los acontecimientos que narraban.
“Quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa y la precisión de la poesía”, expresaba Truman Capote sobre su libro A sangre fría, publicado de forma seriada en The New Yorker también en 1965. Allí reconstruía el asesinato de una familia de granjeros de Kansas. Fue la primera obra maestra del nuevo periodismo, o de la no-ficción. Para su “relato verdadero de un asesinato múltiple y de sus consecuencias”, tal era el subtítulo del libro, había pasado una extensa temporada en Kansas y siguió durante cinco años la vida en prisión de los homicidas hasta que fueron ejecutados.
Wolfe sostenía que los pilares básicos del nuevo estilo pasaban, en primer lugar, por la construcción del artículo “escena-por-escena”, tomando algunas técnicas de la novela decimonónica y del montaje cinematográfico. El segundo eje era la reconstrucción precisa de los diálogos, recuperando las digresiones y evitando las elipsis, a sabiendas de que era la mejor manera de describir a los personajes. Tercero: se apelaba al “punto de vista en tercera persona”, presentando cada escena a través de los ojos de un personaje particular, para dar al lector la sensación de estar metido en la piel de esa persona y de vivir la realidad emotiva de la escena “tal como él la está experimentando”. De esta forma, se generaba una ruptura con la convencional utilización del punto de vista en primera persona, propia de los autobiógrafos, memorialistas y novelistas. El cuarto procedimiento se basaba en la descripción detallada de los gestos cotidianos, los hábitos, los modales, las costumbres, la vestimenta, el mobiliario, las maneras de comer, las miradas, los estilos de andar de los personajes descriptos. Esas actitudes y posturas actuaban como símbolos para captar el status y el estilo de vida de las personas. “La relación de tales detalles no es meramente un modo de adornar la prosa. Se halla tan cerca del núcleo de la fuerza del realismo como cualquier otro procedimiento en la literatura”, recomendaba Wolfe.
Pero la nueva ola surgida hace cincuenta años no representaba sólo una renovación radical de la técnica periodística, sino que implicaba un cambio en la propia rutina de trabajo. Era tiempo de salir de las redacciones, de saltar a la calle. El nuevo periodismo demandaba más tiempo, había que pasarse “días enteros” junto a la gente sobre la que se estaba escribiendo si se querían reconstruir escenas extensas, diálogos precisos, monólogos interiores, actitudes, expresiones faciales, detalles del ambiente.
Por esos mismos años, Rodolfo Walsh (su Operación Masacre data de 1957), Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano o Enrique Raab también configuraban en la Argentina un periodismo que sabía enlazar la precisión de los datos duros con el rigor del detalle que podía “describir todo un mundo”. Aquí y allá el periodismo aparecía como un espacio de encuentro con lo diverso, con lo diferente, con lo desigual.
(publicado en la sección La Ventana del diario Página/12, 4 de marzo de 2015)